viernes, 22 de enero de 2010

Eso de ser feliz

Ser feliz, para mi, sería acostarme cada día pensando que he sacado partido a cada minuto de las horas que trascurrieron desde que abrí los ojos al despertar hasta que caigo en los brazos del sueño nuevamente. Sería pensar cada mañana que voy camino de un trabajo que me gusta porque me llena, me realiza, me abre puertas dentro y fuera de mi mismo, y además me proporciona una cuantía económica razonable -ojo, no voy por los derroteros de los 3.000 euros netos mensuales- con la que cubrir gastos y poder dejar para ese mañana que quizá no llegue algo ahorrado.


No conocer la frustración del desorden, de la falta de objetivos. De no dar al mundo algo que realmente valiera la pena. De no pensar, como Pablo en cierto lunes de La flaqueza del bolchevique, que era lunes y como todos los lunes el alma me pesaba ahí mismo, abajo del saquito de los cojones. Además de ello tendría que contar con un número de horas diarias que permitieran desarrollar una función en la sociedad, pero también dejar un espacio propio, un margen traducido en tiempo a dedicar a lecturas, a personas, a viajar, a ver. A comprender. Trabajar para vivir, y no vivir para trabajar, creo que se llama.

Ser feliz sería tener un sitio donde vivir -al carajo el concepto concreto: ni casa, ni piso, ni adosado, ni diablos- que se opusiera en esencia al sitio donde vivo ahora, esto es, un lugar que constituyera algo más que un cubículo más o menos seguro donde guardar las pertenencias y donde asearse y dormir. Habría de ser un lugar para vivir. Un lugar donde recostarse a leer sin que el ruido o la falta o exceso de luz molestasen. Donde poder afeitarse o fregar los platos sin que la zona lumbar protestara. Rodeado de personas -que no de gente-, que conociera y practicara palabras como educación, limpieza, urbanidad. Ni tan siquiera pido que ese lugar fuera mío. Total, nada me garantiza -ni maldita la gana- que eternamente quiera, deba o necesite estar en el mismo lugar, ni que llegue un mañana en el cual deba legar ese espacio a otros.  A efectos prácticos, por si alguno no lo sabía, estamos de paso. Me conformaría con un lugar alquilado, por el cual pagar un precio justo, con todo lo que ello supone para ambas partes.

Ser feliz supondría compartir el pedazo de mundo que ocupo con personas lúcidas, capaces de pensar, que luchan por salir adelante y saben lo que es el trabajo, el respeto, la educación.  Personas que, lejos de consumir cuanto pueden -y para todo lo demás, MasterCard- con la ansiedad del drogadicto, conocen los límites entre necesidad, capricho e idiotez, y que no miran con cara de pocos amigos al prójimo cuando van camino del calvario un lunes a las 8 de la mañana, pagando con libertad condicional menos turnos de diez horas diarias la pena por esa hipoteca o ese coche o ese ordenador portátil de los que tal vez podrían haber prescindido -cuidado, hablo de embarcarse en aquello que se sale de trastes; evidentemente una vivienda o un medio de transporte son necesarios-. Sería lamentar realmente el dolor ajeno, al saber que no es merecido, y desear ayudar sin preguntas a cualquier causa por el simple hecho de que en verdad -y no solo por Constitución- somos iguales.


Ser feliz, en esencia, sería pasar unos minutos bajo la ducha con la mente en blanco y disfrutando del privilegio del agua caliente que este primer mundo me concede, sin darle vueltas a por qué diablos es tan complicado ser feliz. Por qué diablos lo hacemos tan complicado, pagándonos a nosotros mismos con esa otra moneda que no es el euro.

1 comentario:

  1. no conocemos la verdadera felicidad, siempre intentamos complicarnos la vida cuando en verdad todo es mas sencillo. enhorabuena por este blog!un besitooo y cuida muxo de mi cukyy

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