martes, 2 de febrero de 2010

Parque de La Victoria

No suelo pasear por parques y jardines. Por un lado, porque los que tenemos aquí, que no son muchos, quedan retirados de casa. Por otro, porque raro es el día que puedo permitirme el lujo de tomarme tan solo una hora de disfrute propio para dedicarme a aquello que antaño practicaba a menudo: sentarme en el banco de un parque -a efectos prácticos valdría igualmente una parada de autobús o la terraza de un bar si no hay demasiado alboroto- con un libro en las manos, observando a la gente mientras que leo con esa mezcla de tranquilidad y bullicio que a partes iguales relaja y reconforta.

Ayer por la tarde acudí a una cita de ese tipo, a la que asistimos El pintor de batallas de Arturo Pérez-Reverte, un magnífico sol invernal, y un servidor. Durante algo menos de una hora -ya digo que el tiempo no suele jugar a favor- disfruté de ese parque y de la sensación cálida y suave del sol mezclado con la ligera brisa fría y seca de una tarde de enero, junto con las cuestiones debatidas por Faulques y Markovic en la terraza de un bar de Puerto Umbría.

Todo marchaba bien, pero algo no terminaba de encajar. Uno de los valores de la ecuación anterior no se veía por ninguna parte. En una tarde de sol como no se recodaba en semanas -el invierno está siendo lo que hace tiempo no fue por aquí- tan solo el abajo firmante, un tipo de mediana edad paseando un perro y dos mujeres mayores cogidas del brazo rondábamos aquel paraje. Ni rastro de críos en chándal, bicicletas y todo aquello que no hace mucho era habitual. No pretendo retroceder hasta los tiempos en los que las horas morían mientras jugábamos a las canicas, al rescate u otros tantos juegos condenados a desaparecer o a ser extrapolados a una pantalla y reproducidos con calidad visual razonable hoy en día por consolas u ordenadores. 

Ya no es necesario el aire y el sol en cara, el contacto físico con la gente y el ambiente en un mismo espacio entre amigos. Tenemos aparatos más que suficientes para gozar de nuestra egoísta independencia cuando nos apetece y cuando, por el contrario, queremos ponernos al corriente de las movidas y kedadas del grupo, basta una vuelta por los mundos digitales. ¿Moverse de casa con este frio? Para qué. Sobran medios. Además, si el cuerpo lo pide podemos seguir con el debate hasta las tantas y sin el inconveniente de volver a casa a las cuatro y que los padres te pongan las peras a cuarto. Nos tiramos en el catre con el portátil y a ejercer nuestro derecho a la socialización. 

Nada puede superar, aunque aporte su granito de arena a las relaciones sociales, unas cervezas juntos en un bar, entre risas y humo de cigarrillos; dos amigos paseando a media tarde mientras ponen en común ideas, sueños de futuro, el recuerdo de una tipa que le va a uno de ellos y no sabe por donde entrarle; un café con un viejo amigo a media tarde aliñado con experiencias, con viajes y lecturas. Nada puede superar digitalmente a la certeza de estar vivo.

Ahora llega el momento de poner las cosas en su sitio. No estoy criminalizando en absoluto el uso de estas herramientas digitales. Yo mismo las uso en mayor o menor medida, aunque los juegos pasaron a la historia el día en que descubrí que quería hacer demasiadas cosas para una sola vida, y no podía desperdiciarla jugando. Pero una escopeta de postas puede ser una herramienta con la que cazar un animal y matar el hambre, y también un arma con la que volarle al vecino la tapa del delco. Perdemos el norte con una facilidad pasmosa en este occidente chupi guai que tanta envidia levanta en lugares de eso que llamamos en vías de desarrollo, y con esa misma facilidad nos da lo mismo cumplir o no con lo que nos toque e invertir el tiempo libre con sentido común. Es más fácil en un trabajo justificar unas cuantas horas al día sin implicación alguna y poner la mano a final de mes, como lo es para un estudiante tocarse los cascabeles en clase y luego encerrarse con la lata -que apañao mi niño, no sale en toda la tarde de la habitación- hasta que de lata y cerebro salgan columnas de humo.

Pero agárrense. Por fortuna tenemos como dirigentes a gente sabia, culta y responsable, capaz de guiar al rebaño y amonestarlo y corregirlo cuando este mea fuera de la taza. Se me agria el colacao últimamente si ojeo el periódico mientras almuerzo algo a media mañana, con la jeta del político de turno haciendo orgulloso entrega de esos megaportátiles que revolucionarán el sistema de enseñanza. Que tiemble en su tumba Joaquín Costa y su Institución libre de enseñanza. Con foto incluida de alguna madre con sonrisa de oreja a oreja -estoy muy orgullosa claro, así todos los niños y todas las niñas (sic) tienen las mismas oportunidades-. Adelante pues. Niños y niñas con su mochila verde camino de la escuela, encerrando al futuro en un portátil. Ayudando a desarrollar generaciones cada vez más preparadas técnicamente, pero más analfabetas de cultura y memoria. Capaces de hacer de todo, pero sin pensar por qué o para qué lo hacen. Carne de infantería, cuando las cosas se tuercen.

Suerte pues. Da igual que no se sepa -o que se olvide- quien fue Arias Navarro o cuales fueron los objetivos de la segunda república. A ver si al menos en dos décadas conseguimos que el más tonto sea capaz de programar en C++.

1 comentario:

  1. Me quedo con esto: "el día en que descubrí que quería hacer demasiadas cosas para una sola vida".

    Yo, hasta hoy, no lo había descubierto, pero a partir de esta misma noche reflexionaré sobre ello.

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