martes, 12 de octubre de 2010

Bajo los soportales (morning coffee)

El amanecer revela la misma estampa que se ocultase la tarde del día anterior. Lluvia, nubes bajas y niebla que parece enredarse entre los edificios más altos, Paseo de la estación arriba, camino del casco viejo y la catedral. Un domingo cualquiera las primeras horas del día muestran la ciudad como un tablero de ajedrez sin fichas, desierta y silenciosa. Un domingo como el del hoy, sin embargo, la impresión es mucho más intensa. Los efectos secundarios del arranque de la feria y la mañana gris y lluviosa alargan aún más ese periodo de hibernación matinal en la gente.

Fiel a sus costumbres, el adicto al café de la mañana dominical observa junto a la ventana de casa el ir y venir indeciso de las nubes, las rachas de lluvia que amedrentan al más valiente en su antojo de salir de casa, pone gesto contrariado al comprobar que el reloj no se detiene mientras la mañana avanza y la lluvia tamborilea impasible contra los tejados y arrastra papeles calle abajo.

Cualquier tregua del temporal, por nimia, es suficiente para echarse sobre los hombros una chaqueta y salir a la calle, caminar entonces sin rumbo inicial, decidiendo vagamente en cada cruce qué dirección tomar, y desembocar en cualquiera de las escasas cafeterías que en mañanas como esta dan sentido a la supervivencia en la urbe.

Caminar a buen ritmo, ascender por el Paseo de la Estación buscando el cobijo del casco antiguo, con la prisa inconsciente de quien llega tarde a una cita inexistente, resguardarse de la lluvia y el viento bajo los soportales del antiguo palacio de los Vilches, seguir hacia El pósito y de ahí a la plaza de San Francisco, hasta que uno de esos oasis en mitad del desierto urbano aparece ante nosotros.

Los detalles en madera de la fachada, destacando sobre los excesos cimentados de los alrededores, atraen a su interior. Cruzado el umbral de la puerta, se accede a lo que bien parece un café decimonónico de aquellos en los que hombres de capa y sombrero debatían sobre el futuro incierto del imperio donde finalmente se puso el sol tras siglos de no hacerlo, mesas de mármol y sillas de madera, a juego con la barra, junto a elementos llamativos como el reloj de estación junto a la puerta o el viejo teléfono que bien pareciera dar tono de llamada con solo llevarse el auricular al oído a pesar de su antigüedad, amplias cristaleras con visillos tras los que la lluvia y el viento no son más que los efectos especiales de una película en blanco y negro. El recién llegado es recibido a la antigua usanza por camareros vestidos con corrección y de aspecto amable, Louis Armstrong o Dizzy Gillespie suenan de fondo, con el volumen adecuado para disfrutar por igual de la música y de la conversación, lejos de los excéntricos aullidos propios de tienda de ropa de las cafeterías modernas.

El mejor rincón para perderse
Un mismo café sabe distinto según la compañía y de igual modo varía según el lugar. Un café humeante en este rincón, saboreado al tiempo que se disfruta de un buen libro o de amena charla, un cigarrillo fumado con descuido, con la perspectiva de una ciudad que empieza a despertarse y a bullir afuera en la calle, posee un sabor intenso que no parece limitarse al paladar, sino que además despierta el alma y devuelve la lucidez que el ritmo semanal de la ciudad acaba entorpeciendo.

3 comentarios:

  1. Lo que es la vida. Estoy en esa época en que amo todo lo que tenga relación con la globalización y el estress. El starbucks, en ese sentido, antes esta muy bien, ahora... no sé a cuál entrar.

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  2. "Lo que tu no sabes" , La verdad que segun que ciudad hay un StarBucks en cada esquina, y como te descuides... mientras vas al baño en cualquier local, sales y lo han transformado en oootro sturbucks ¡¡

    Jjeje jodio, que buenos cafés ponen allí xD

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  3. Si efectivamente hablas del establecimiento que aparece en la foto, no te imaginas lo que ha cambiado. No se si tendrá el mismo gerente o si tal vez será cuestión del horario pero es muy distinto lo que has descrito a aquellos martes y jueves que a media mañana me dejaba yo caer por allí hace un lustro. Que extres, que gritos, todos quería ser los primeros en engullir la tostada. Cuanto despilfarro de berrinismo.

    Una vez más, me ha vuelto a la mente la idea de que te dejes caer por la taberna de Gonzalo. Confío en que no te decepcione porque la decoración es muy peculiar y el grueso de la clientela muy distinta a ti, a pesar de eso cada día estoy más seguro de que te gustará.

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