martes, 12 de abril de 2011

Tanta pasión para nada. Julio Llamazares

Hasta el pasado 3 de marzo Julio Llamazares era para mí lo que por desgracia son todavía tantos y tantos escritores: un nombre que aparece fugazmente entre las estanterías de una librería, entre las firmas de un periódico. Uno más entre el marasmo de textos y escritores que no me gustaría ignorar cuando termine mi viaje.

Ese jueves Julio vendría a Jaén para dar una charla y presentar su último libro, Tanta pasión para nada. No podía imaginar lo que me esperaba, y es que mereció la pena hacer acrobacias con la jornada de trabajo de forma que para las siete de la tarde pudiera estar ocupando un asiento en el salón de actos de la biblioteca. Mi prisa se contrapesó con su tranquilidad, ya que este se demoró casi media hora, entrando acompañado de la delegada de cultura y de un profesor de derecho de la universidad.

Apareció mezclado entre la gente y con gesto de duda, como si estuviera recordando una visita anterior o como si dudara si era allí o en otra parte donde debía estar. Estado comprensible supongo, si tenemos en cuenta que subió a un AVE en Barcelona a las 8 de la mañana para desembocar en Córdoba horas más tarde, siendo desde allí trasladado en coche a Jaén, donde lo entretuvieron entre museos, vinos y otros azares hasta la hora del encuentro. Cuando le vi entrando en la sala arrastraba más de doce horas en pie y el haber cruzado España casi de un extremo a otro. Y aún le quedaba la charla y el camino de vuelta.


Como ya he apuntado, no sabía de Julio nada más allá que su nombre; esto había cambiado radicalmente, pensaba después mientras caminaba hacia casa. No solamente había escuchado con atención sus palabras durante algo más de una hora, sino que había pasado a incorporarlo en el acto al pequeño altar al que voy subiendo a escritores con el paso de los años. Y lo mejor de todo es que este había subido en una sola tarde, cuando otros necesitaron años para ganarse en mi cabeza esa reputación -culpa mía en parte, por no haberles leído antes o con más empeño, o por no tener, simplemente, la madurez necesaria para comprender sus palabras-.

Julio, de voz grave, palabra segura y mirada intensa, nos mostró su punto de vista acerca de muchos aspectos que podrían resumirse en dos, la vida y la literatura, que en su caso moldea hasta convertirlos en uno solo. Habló de su infancia, en un pequeño pueblo de León llamado Vegamián que años mas tarde quedó oculto bajo las aguas de un pantano, de una juventud que deseó encaminar hacia la literatura, algo que tuvo que posponer ya que por cuestiones geográficas se vio estudiando Derecho en lugar de Periodismo, tras descartar la opción de la filología por ser para él demasiado técnica. Así, entre cientos y cientos de horas entre papeles con apuntes de la carrera intercalaba algún rato en el que jugaba a escribir, ya fuera de amores como de desamores, como sobre cualquier cosa que, por salir de la rutina unos instantes, pudiera ser imaginada y escrita. También mencionó una conversación tiempo atrás con Antonio Muñoz Molina en la que hablaban de aquellos casos que, como ellos dos, acabaron dedicando su vida a los libros sin haber tenido en su infancia o juventud elementos en sus vidas que les indujeran esa idea o que la orientaran de alguna forma.

Terminada la carrera ejerció la abogacía durante un año, aventurándose al periodismo y la literatura llegado un momento en el que vio que aquello no estaba hecho para él: bien para mi y bien para el oficio de la abogacía, ironizaba.

Sobre su manera de escribir, habló de su gusto por pulir el lenguaje hasta que logra en un texto decir lo que pretende con las palabras justas, ni exceso ni defecto, con un énfasis casi obsesivo por corregir un texto tantas veces como sea necesario para llegar al punto deseado. La informática, nos contaba, ha complicado esto enormemente: si te dejas llevar por la comodidad de escribir y borrar sin los inconvenientes que esto supone en una hoja de papel puedes pasarte horas sin avanzar una sola página.

En cuanto a su obra, cuenta con una veintena de obras, entre narrativa, poesía, ensayo y libros de viajes, además de haber realizado varios guiones cinematográficos.

El cierre del encuentro que dio lugar a estas líneas me permitió además estrecharle la mano y cruzar unas palabras durante el minuto que mi turno en la cola de firma de libros me concedía. Su forma de pensar y de expresarse me dieron pie a sincerarme con la razonable seguridad de no recibir un mal gesto del escritor: le conté cómo dos días antes había sacado de la biblioteca Cuaderno del Duero, del que no me dio tiempo a leer más de veinte páginas, y que el desconocimiento casi absoluto hacia su persona hasta aquella tarde se había transformado en una gran admiración que confío perdure mientras que la vida me permita seguir leyendo. Gracias, Julio.


Tanta pasión para nada


Editorial Alfaguara, 155 páginas. Encuadernación en rústica. Precio: 17 €

El libro está compuesto por una recopilación de doce cuentos y una fábula. Los cuentos tienen una extensión variable, de entre cinco y treinta páginas; por su parte la fábula se reduce a siete líneas: suficiente ya que al lector le sobra con esto para plantearse y madurar una idea que podría ocupar una tesis.

El eje de esos cuentos, su esencia, se resume en esa frase que da nombre al libro y que un personaje menciona al final del primero de los cuentos, El penalti de Djukic. Julio se ha servido de una breve introducción para, por un lado, hacer mención a un paisano suyo, Antonio Pereira, fallecido hace un par de años, y por otro para dejar entrever que cada uno de los cuentos que componen este libro constituyen una perspectiva del mundo basada en una conclusión: cuanto hagas, cuanto suceda, cuanto te rodea, acabará en nada. Una sabia ración de nihilismo en una época, como bien cita el autor, donde las estanterías se llenan de libros de autoayuda y en la que las modas y el marketing influyen más en el texto final que la literatura de calidad propiamente dicha.

Cada cuento conforma una historia independiente, muy bien trazados y desarrollados, ajustados en espacio a aquel que necesitan, ni una página de más ni de menos. Las descripciones ajustan el nivel de detalle sin sobrecargas, adaptándose fielmente a una frase de Azorín que leí hace poco: si un sustantivo necesita un adjetivo, no lo carguemos con dos. Los personajes y las situaciones son retratadas de forma que resulta muy fácil sentirse en un campo de fútbol lleno de gente en ese momento que va a decidir un partido y mucho más, a bordo de ese coche cuyo conductor busca salir durante minutos u horas de la anodina vida que lo envuelve, o en ese convento que está siendo reconvertido en hotel y cuyos lilares antaño cuidados con esmero por las monjas ahora se ven pisoteados y envueltos en herramientas y materiales de construcción, entre tantos y tantos lugares y situaciones que parece mentira puedan caber en un libro tan pequeño.

Hasta hace pocas semanas desconocía por completo la vida y obra del poeta Ángel Gonzalez -lo sé, no tengo perdón- y me topé con él de lleno de la mano de Benajamín Prado y Joaquín Sabina en otro texto del que espero hablar un día, Romper una canción. Leía acerca de Tanta pasión para nada con la intención de presentar este comentario de la forma más completa posible cuando me encontré con otra reseña que relacionaba la obra de Llamazares con el difunto poeta: los cuentos El lilar de las monjas y A Primout no vuelve nadie están dedicados a este.

Otra virtud que destacaría del libro es que está hecho para quienes andan escasos de tiempo y además disfrutan llevándolo a cuestas de un lado para otro. Su formato y su estructura lo hacen fácil de transportar y a la vez invitan a aprovechar ese rato de descanso o ese paseo por el parque para leer un poco. El precio a simple vista no se ve compensado en su tamaño; una vez leído ese fantasma desaparece: las sensaciones, ideas y vivencias que aporta no tienen precio.

1 comentario:

  1. Es tanta la curiosidad que a despertado en mi este libro que estoy deseando que vengas para que me lo dejes leer, ya sabes que a mi un buen libro me pierde. En cuanto al autor tengo que decir he leído sobre él en circulo de lectores con buenas criticas.

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