viernes, 6 de mayo de 2011

Arturo Pérez-Reverte. Cediendo el paso. O no.

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CEDIENDO EL PASO. O NO.


Una de las cosas que estamos logrando entre todos es el desconcierto absoluto en materia de corrección política. El bombardeo de estupidez mezclada con causas nobles y la contaminación de éstas, los cómplices que se apuntan por el qué dirán, la gente de buena voluntad desorientada por los golfos -y golfas, seamos paritarios- que lo convierten todo en negocio subvencionado, la falta de formación que permita sobrevivir al maremoto de imbéciles que nos inunda, arrasa y asfixia, ha conseguido que la peña vague por ahí sin saber ya a qué atenerse.Sin osar dar un paso con naturalidad, expresar una opinión, incluso hacer determinados gestos o movimientos, por miedo a que consecuencias inesperadas, críticas furiosas, sanciones sociales, incluso multas y expedientes administrativos, se vuelvan de pronto contra uno y lo hagan filetes.

Voy a poner dos ejemplos calentitos. Uno es el del amigo que hace una semana, al ceder el paso a una mujer -aquí sería inexacto decir a una señora- en la entrada a un edificio, encontró, para su sorpresa, que la individua no sólo se detuvo en seco, negándose a pasar primero, sino que además, airada, le escupió al rostro la palabra «machista». Así que imaginen la estupefacción de mi amigo, su cara de pardillo manteniendo la puerta abierta, sin saber qué hacer. Preguntándose si, en caso de tratarse de un hombre, a los que también cede el paso por simple reflejo de buena educación, lo llamarían «feminista». Con el agravante de que, ante la posibilidad de que el supuesto varón fuese homosexual -en tal caso, quizá debería pasar delante-, o la señora fuese lesbiana -quizá debería sostenerle ella la puerta a él-, habría debido adivinarlo, intuirlo o suponerlo antes de establecer si lo correcto era pasar primero o no. O de saber si en todo caso, con apresurarse para ir primero y cerrar la puerta en las narices del otro, fuera quien fuese, quedaría resuelto el dilema, trilema o tetralema, de modo satisfactorio para todos.

Pero mi drama no acaba ahí, comentaba mi amigo. Porque desde ese día, añadió, no paro de darle vueltas. ¿Qué pasa si me encuentro en una puerta con un indio maya, un moro de la morería o un africano subsahariano de piel oscura, antes llamado sintéticamente negro? ¿Le cedo el paso o no se lo cedo? Si paso delante, ¿me llamará racista? Si le sostengo la puerta para que pase, ¿no parecerá un gesto paternalista y neocolonial? ¿Contravengo con ello la ley de Igualdad de Trato o Truco? ¿Y si es mujer, feminista y, además, afrosaharianasubnegra? ¿Cómo me organizo? ¿Debo procurar que pasemos los dos a la vez, aunque la puerta sea estrecha y no quepamos?... Pero aún puede ser peor. ¿Y si se trata de un disminuido o disminuida físico o física? ¿Cederle el paso o la pasa no será, a ojos suyos o de terceros, evidenciar de modo humillante una presunta desigualdad, vulnerando así la exquisita igualdad a que me obliga la dura lex sed lex, duralex? ¿Debo echar una carrerilla y pasar con tiempo suficiente para que la puerta se haya cerrado de nuevo cuando llegue el otro, y maricón, perdón, elegetebé el último?... Por otra parte, si de pronto me pongo a correr, ¿se interpretará como una provocación paralímpica fascista? ¿Debo hacer como que no veo la silla de ruedas?... O sea, ¿hay alguien capaz de atarme esas moscas por el rabo?

Y bueno. Si a tales insomnios nos enfrentamos los adultos, que supuestamente disponemos de referencias y de sentido común para buscarnos la vida, calculen lo que está pasando con los niños, sometidos por una parte al estúpido lavado de cerebro de los adultos y enfrentados a éste con la implacable y honrada lógica, todavía no contaminada de gilipollez, de sus pocos años. El penúltimo caso me lo refirió una maestra. Un niño de cuatro años había hecho una travesura en clase, molestando a sus compañeros; y al verse reprendido ante los demás, un poco mosca, preguntó quién lo había delatado. «Fulanita, por ejemplo -dijo la maestra señalando a una niña rubia y de ojos azules-, dice que eres muy travieso y no la dejas trabajar tranquila.» Entonces la criatura -cuatro años, insisto- se volvió despacio a mirar a la niña y dijo en voz baja, pero audible: «Pues le voy a partir la boca, por chivata». Escandalizada, la maestra le afeó la intención al niño, diciendo entre otras cosas que a las niñas no hay que pegarles nunca, etcétera. Que eso es lo peor del mundo, lo más vil, cobarde y malvado. Y entonces el enano cabrón, tras meditarlo un momento, muy sereno y muy lógico, respondió: «¿Por qué? ¿Es que no son iguales que los niños?».

XLSemanal, 1 de Mayo de 2011


Algunos apuntes

Hace tiempo que quería escribir sobre este tema, en vista de a dónde estamos llevando ese derecho que es la igualdad y que manchamos mientras patéticamente nos revolcamos en lo social y políticamente correcto como cerdos en una charca, pero don Arturo se me ha adelantado. Veo con pasmo cada día en cada lugar cómo hombres y mujeres son cada vez más parecidos en lo bajo. Veo respaldadas esas palabras, entre otras cosas, en el hecho de que cada vez encuentro menos ejemplos de mujeres que conduzcan mejor que los hombres -que tampoco destacan-, dejándose llevar cada vez más por la estampa de la música a todo volumen y el brazo izquierdo descolgado por la ventanilla con el cigarrillo humeando, mientras con arte castizo se saltan el semáforo en rojo, o se meten por el tramo por el que circula el tranvía, con aire de chica guay que se ha entretenido con el tuenti y llega tarde a clase.

Cada vez encuentro menos muestras en el sexo opuesto de aquellas que casi te obligaban en esencia a prestar respeto, aún sin conocer a la fémina. Eran -siempre lo fueron- el sexo inteligente, contrarrestaron cualquier clase de inferioridad física con una lucidez que el hombre nunca llegó a comprender, y el hecho de ser las dueñas de la llave de la continuación de la especie las envolvía en un aura de inevitable superioridad respecto a su compañero. Pero los tiempos cambian, y cada vez son más las que parecen entender la igualdad como el derecho a eructar y despatarrarse sin más como cualquier hombre.

El caso que se menciona en el artículo también es digno de matrícula, ceder o no ceder el paso en una puerta, cuestión en la que algún amigo ya se ha visto y que cualquier día me tocará a mí. Algo que ha sido muestra de respeto y caballerosidad ahora simboliza según corren los vientos una desastrosa muestra de machismo y superioridad masculina. Con un par. Nos dejamos llevar por los mercachifles y las mercachiflas que mandan en este enorme pueblo llamado España, en lugar de revolvernos y dar el puñetazo en la mesa, en lugar de que alguien con sentido común alce la voz con un grito fuerte y todos le miren y le escuchen, alguien que tenga dos dedos de frente y no emplee sus palabras en defensa de intereses económicos, políticos o para apoyar versiones sesgadas de derechos que creíamos asentados. En el artículo se esboza algo que en alguna ocasión he pensado con preocupación, y es que quien no quiera dejarse llevar por la corriente a menudo se ve nadando en solitario, ya que nadie sabe con certeza a que Platón o a que Sabater mirar. Carecemos de ejemplos que nos ayuden a ser personas. Eso los que aún lo perseguimos.

Gracias Arturo. Gracias Salva. Gracias iCorso.

1 comentario:

  1. Estoy de acuerdo con Reverte y Corso hemos llegado a un punto en el cual la sociedad se está convirtiendo en un bebedero de patos, qué manera de darle la vuelta a todo, aquí no hay quien se aclare. Yo soy mujer y valoro un gesto de caballerosidad, no me considero más pero tampoco menos por pensar asi, creo que no hay que mezclar la educacion los valores morales y la igualdad. No se a donde vamos a llegar.

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