domingo, 3 de julio de 2011

Olores de verano

Olores de verano y de infancia. Olores anclados al pasado, a una biografía que a veces no sé si es mía o si la he ido inventando sobre la marcha con el paso de los años. La promesa del nuevo día unida al fresco del amanecer, el olor del agua con cloro a media mañana en la piscina, el seco y tórrido aroma de la tierra en la sobremesa mientras que paredes encaladas desprenden el fuego abrasador de otra mañana de sol intenso y el encierro de la siesta se convierte en algo más que una tradición recomendable, la humedad y el olor a tierra mojada en el aire proveniente de un paraje próximo cuando se avecina la tormenta, el de los sobrios y escuetos jardines que bordean viejas casas de piedra o ladrillo que destacan en la distancia, allá donde se unen los tonos verdes del monte y del olivar.

El olor de la oscuridad, de la brisa fresca, casi fría cuando se pasa la frontera de la media noche, envueltos en el ruidoso silencio de los insectos más allá de la luz de las farolas y los ladridos eventuales de algún perro. Un pantalón corto y una camiseta de hombreras, unas chanclas a las que entraba tierra en cada paso, la difusa expectativa de un nuevo curso tras un verano más basado en el trabajo arduo y embrutecedor que en el descanso, el ansia por salir de allí para siempre, de construir a un personaje indefinible pero que se asemejaba a lo que soy ahora, comprobar con desazón cómo soy de los pocos de mi generación que pasan el verano sometidos a la rutina del trabajo. Me veo con con catorce años, ya he podido comprobar con creces hasta dónde llega el desgaste físico y psicológico del trabajo, ya me aterra la idea de que el concepto de trabajo se resuma para mí en esto para el resto de los días y aún no sé verlo de otra forma, pero todavía desconozco lo que significa invertir los días íntegros, uno tras otro, alienado e inutilizado, en la consecución de un fin que no tengo claro, tanto sufrimiento por dinero, como si este realmente lo mereciera.


De pronto tengo dieciséis años y he terminado con más pena que gloria el último curso que da fin al tramo obligado de la Secundaria. Me espera el verano más duro de cuantos he vivido hasta entonces, al que solo habría de igualar o superar el siguiente. Una vez más la llegada de junio se ha convertido en un mero trámite, un paso más que no conduce a nada que convierta las vacaciones escolares en un periodo especial. Aunque siempre hay algún consuelo.


Hay unos ojos de mujer pertenecientes a alguien que es tan solo una niña. Hay una esperanza de una realidad tangible más allá de las montañas que envuelven ese rincón del mundo, apartado de todo y mantenido por tradiciones ancestrales y por la desidia política en un estado de patética hibernación, como si con ello pretendieran crear algún día un museo vivo acerca de cómo era la España de principios del siglo veinte. Hay unas palabras lúcidas que me ofrecen noticias de esos otros lugares, costumbres y formas de vida, me enseñan perspectivas que no llegan hasta aquellos confines por otro medio, como si se quedaran enganchadas en los extremos más altos de las montañas igual que ocurre con las nubes y no llegaran al valle, además el maldito internet que tantos dolores de cabeza habría de darme muchos años más tarde aún está en pañales y ni tan siquiera tenemos un teléfono fijo en casa al que conectarle un modem. Solo me queda esa joven rubia que vuelve fielmente cada verano y cada navidad y cada semana santa, épocas en las que la aldea se llenaba de vida, gente pululando por todas partes, coches yendo y viniendo constantemente, con lo extraño y llamativo que resulta durante el resto del año, quién será, oía decir a mis padres cada vez que llegaba un coche sin un motivo o intención conocidos, ha llegado una furgoneta, quién puede ser.

Durante varios veranos de mi infancia y juventud, y más especialmente en aquel verano en que tenía dieciséis años y me sentí tentado a odiar la vida que se me había concedido por tener que estar sometido a la rudeza de un mundo para el que creía no estar preparado, no merecer un castigo impuesto de antemano por un error no cometido todavía, ella constituyó en sí misma el único consuelo posible. En una era de incomunicación absoluta de la que vagamente me libraba la posibilidad de poder marcharme en moto por los alrededores, donde tampoco había mucho que poder hacer, las charlas y los juegos en grupo muchas veces, a solas algunas menos, hasta que el frío o la hora nos aconsejaban recogernos, fueron quizá de los pocos motivos para no abandonarse a la dejadez absoluta y condenarse a largo plazo a una vida sencilla y rural. Me voy a la cama que mañana tengo que madrugar, te decía con desgana, con el gesto de cansancio prematuro de diez años después, cuando tengo un alquiler que pagar y un coche que mantener y no doy explicaciones a nadie de mis actos ni he de inventarme dos caras distintas cada día para mirar a mi padre, la del trabajo y la de casa, que a menudo se acababan fundiendo en una sola que llegué a aborrecer cada vez que la veía en un espejo, porque parecía estar viendo en él a alguien que no era yo.

Esos son para mi los olores del verano, los únicos que quisiera conservar hasta el último día de vida, y no los que ahora me asaltan a cada paso, sensaciones patéticas que atontan mis sentidos, los aturden en lo que creo una forma de adiestramiento para añadirme a esta masa de supervivientes de asfalto, la humareda de un autobús urbano que deja una estela negruzca a su paso, el olor a hamburguesas y restaurantes mientras camino por aceras donde las baldosas están sueltas y salpican al pisarlas durante varios días después de cada lluvia, el olor a gimnasio mal ventilado, la música atronadora de un coche guiado por un niñato con pelos de punta y gafas de sol enormes, el claxon de otro que mataría con gusto al niñato de las gafas enormes por colarse en el semáforo, tanta gente y tan pocas personas, precio a pagar para poder ser quien uno quisiera alejado de unas raices sin futuro, en una huída siempre hacia adelante con la constante sensación de raramente encontrar algo que mejore a lo anterior.

2 comentarios:

  1. ¿Tanta gente y tan pocas personas? Yo creo que eso es así tanto en verano como en invierno. De todas formas me alegro de que aun no siendo para ti la ideal, tu vida sea distinta a la de hace años.

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  2. Olores de verano tres palabras que encierran un mundo de sensaciones que te acompañaran toda la vida,con su sabor agridulce y esos recuerdos a los que aferrarse muchas veces,sacando fuerzas del pasado para vivir el presente soñando un futuro.Una vez mas me a gustado tu escrito;animo y perdona las faltas de ortografia ya sabes que el ordenador no es lo mio.

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