martes, 23 de agosto de 2011

Construyamos

Salgo a eso de las doce del medio día sin apetito ni ánimo especial de ver la luz del sol, enclaustrado desde antes de las nueve entre destornilladores y equipos informáticos que entraron inutilizados y deben salir funcionando de nuevo en el menor tiempo posible. No hay ningún motivo especial para salir, pero aún así apago la luz y salgo a la calle. Quiero concederme un café por el trabajo realizado, y como aliciente para el que aún queda por hacer, como justificación mínima de ese encierro diario durante toda la mañana y el primer tercio de la tarde, hasta que en algún punto entre las tres y las cuatro termine la tarea que tenía previsto completar o desista por hambre o cansancio y me marche a casa.

Tomo asiento en un taburete cualquiera de una barra vacía, elijo uno por un instante, creyéndolo único, el más cómodo y mejor situado, justo donde la barra está más despejada y puedo desplegar el periódico con facilidad. Pido ese café y el camarero, atareado tras la barra como si media docena de clientes esperaran de sus servicios, lo sirve cuando termina de secar vasos y colocar botellas en un orden extraño que seguro solo él conoce.

Empiezo a pasar páginas, más por necesidad de distracción que por interés. Una vez más ojeo el diario provincial, siendo este y un diario deportivo los únicos que parecen agradar a la clientela de este local, y por tanto los únicos siempre presentes. Las mismas caras de los últimos días aparecen, una tras otra, y poco me cuesta imaginar que mañana seguirán estando ahí, fieles a su cita ante los hechos y ante las cámaras. Sigo pasando páginas y nada me sorprende, nada nuevo atrapa mi atención. Hasta que llego a cierto artículo de opinión.

El texto, escrito por un economista a quien ni conocía ni recuerdo, se aferraba a la solución más sencilla para salir de la crisis. Su teorema era sencillo: si antes la construcción, en pleno auge, movía dinero y generaba trabajo para tanta gente, solo hay que poner en marcha la hormigonera nacional una vez más para que todo aquel que ha acabado en la cola del paro vea resuelto su principal problema. Así, todos con trabajo, todos con dinero, todos dispuestos de nuevo a comprar esto y aquello. De esta manera vamos poniendo en pie una a una todas las fichas de dominó, y todo comercio o negocio, desde el Todo a un Euro regentado por una pareja china al final de la calle, hasta el frutero de la esquina, pasando por el kiosko de los soportales, dejarán de verse apretados cada fin de mes y y hasta incluso volverán a permitirse algún capricho. Como todo el mundo.

Hace horas que leí el artículo, y mi inteligencia, no tan labrada y dispuesta como la del señor economista, no termina de atar cabos. Hay demasiadas cosas que no encajan. Lo primero es el número de viviendas vacías a fecha de hoy. Unas porque se construyeron y no hay pretendiente dispuesto a llevárselas. Siempre gana la banca, y si duda sobre si va a ganar o no, no juega. Otras porque, aun vacías y pagadas, sus legítimos piensan que eso de alquilar supone más un dolor de cabeza que una inversión. Otras porque Don Dinero las requisó un buen día, cuando los inquilinos dijeron lo siento, pero no puedo pagar. Miles y miles de viviendas a lo largo y ancho de este país cerradas a cal y canto. Y ello sin contar con aquellas que, por aquello del no me pagan y no sigo en que se han visto inmersas tantas empresas, se quedaron a medio construir o, peor aún, casi terminadas, mientras aquellos que quizá llevaban años pagando por un sueño veían como con la crisis tocaban a diana, y el dinero invertido desaparecía como desaparecen las últimas imágenes de ese sueño cuando suena el despertador.

A lo mejor, aletargado a causa del trabajo, no capté el mensaje entre líneas. Tal vez no se refería tanto a la construcción de viviendas de uso habitual, de las cuales parece que ya hay unas cuantas más de las necesarias y además no hay quien las compre. ¿Alguien se acuerda de aquella despampanante ciudad nacida de la nada de la mano del afamado Paco El Pocero? Tal vez el artículo se refería más a potenciar el apartado turístico, tanto de costa como de interior, de poner en marcha imprescindibles urbanizaciones próximas a las playas, de aquellas que unen -literalmente- a unos pueblos con otros, evocando de alguna forma supongo a aquel imperio de hace tres siglos donde nunca se ponía el sol. Tal vez lo que necesitamos, quizá quería decir el economista, es poner en marcha la construcción de más torres de Babel como aquella pirámide que una panda de degenerados consintió y construyó a partes iguales en Carboneras,Almería, aquella maravilla hotelera en primerísima linea de playa llamada Hotel El algarrobico, condenado, no sé si por el qué dirán o por sentido común, a convertirse en escombros. Sea legal o no, supongo pensarán quienes idearon ese y tantos ejemplos por el estilo, la idea era honesta: ¿cuantos afanados y humildes trabajadores comieron durante años gracias a esa construcción? Es más, ¿cuántos van a comer de ella, el día que se pongan en marcha las excavadoras y haya miles de toneladas de escombro que mover? Nunca tuvieron mala intención. Solo querían hacer dinero.

Imagino que la versión española
del American Dream ha de incluir un piso en la ciudad, o a ser posible una casa en alguna urbanización en las afueras, y además un apartamento en la playa, y alguna casita en la sierra para las escapadas cortas. Con lo bien que se está junto a fuego allá donde no reina fuerza mayor que el silencio.

Si las mentes pensantes de este gran pueblo llamado España -con Internet hasta en el microondas y coches que aparcan casi ellos solitos, pero seguimos siendo un pueblo- consideran que la forma de que todos comamos es comenzar a hormigonar cada centímetro de tierra, adelante. Se les presupone un bagaje que nosotros, humildes ciudadanos, no alcanzamos siquiera a imaginar, así que no les contradigamos y preparemos cemento y ladrillos. Envidio los tiempos remotos en los que se decía que una ardilla era capaz de atravesar la península de un extremo a otro sin tocar el suelo, moviéndose a través de los árboles.

Por cierto, los partidarios de volver a construir como lo hacíamos hace una década, quédense con esta frase, y acuérdense de ella de vez en cuando, antes de dormir, mientras toman una caña, en la próxima crisis…: " Pan para hoy, hambre para mañana " -aliñado con menos tierra donde poder construir la próxima vez-.

1 comentario:

  1. Construyamos, si, que esto sea un chollo y que el sueldo base de un albañil (oficial, sin necesidad de que sea maestro) supere al de un catedrático de universidad. Ese es el camino. Como el otro día, que escucho en la caja tonta que frambueseros de no se que ciudad se están planteando dejar de sembrar porque no les es rentable. Se ve que pasado un mes no les queda más sueldo que el de un ministro y ellos pretenden el del presidente el gobierno. Que manía tenemos todos de vivir por encima de nuestras posibilidades.

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