miércoles, 17 de agosto de 2011

El Ejido - Roquetas de Mar. Crónica de un viaje

Adiós al reloj, a las citas ineludibles. Adiós a aquel pueblo que se dice ciudad y que ostenta el título a la capital más calurosa, si no de día, sí por la noche. Adiós al vacío, a las averías que he de solventar rápido y bien, convertido en una copia barata de robot que repara a otros robots. Adiós a toda prisa salvo la imprescindible para circular por carreteras donde un mínimo despiste supone ser arrollado por la absurda masa.

 
El hotel

Gesto desenfocado y desgastado por el uso y la desgana al otro lado del mostrador de recepción. Desconexión absoluta con el resto del universo, presente y pasado, quizá no tanto futuro, incluyendo un teléfono apagado y escondido en lo más profundo de la caja fuerte de la habitación, de ese rincón, segunda planta, al fondo izquierda, cuyo número me trae a la mente cierta película protagonizada por Luis Tosar, y que durante tres noches será mi hogar, mi entorno. Mi mundo.

Me cuesta acostumbrarme a la suavidad del clima, al grado de humedad, a las tardes y noches por debajo de los treinta grados, aquí el aire acondicionado es un capricho y no una necesidad. Bajo a desayunar temprano a la cafetería del hotel, vagando entre pasillos vacíos y un comedor desierto, atendido por un camarero presto aunque no tan eficiente como a primera vista parece demostrar.



El mar

Arena. Sol. Espacio. Horizonte que se funde en una mezcla de distintos matices de azul. La sal en el agua, ir y venir de olas, cruce de sensaciones cuando se entremezclan la brisa del mar y la de tierra. Mire a donde mire, el horizonte da paso a colinas de hoteles o de invernaderos. Pero hay parajes escondidos, lejos del plástico y del cemento, si bien nunca lo suficiente. Son parajes solo aptos para aquellos dispuestos a buscar un poco de tranquilidad a cambio de algunas incomodidades menores.



Hormigón y acero.

Camino por las calles de Roquetas de Mar, incapaz de creer todavía la facilidad con la que he logrado circular hasta las proximidades del puerto y he aparcado, mirando siempre dos veces por si una línea naranja o una señal de carga y descarga me juegan una mala pasada. Me muevo aturdido por el calor y la suerte de sensaciones que me rodean. Desde el Café miro hacia la calle y por un momento creo ver la ciudad de Frich Lang en Metrópolis: avenidas paralelas y perpendiculares, edificios altos que encierran a cientos, miles de personas, lugares impersonales que encierran infinidad de historias personales, de nombres y apellidos, carteles de indicación en las aceras solo legibles un momento antes de ser rebasados, marea de gente que sí sabe a dónde va y embiste sin pensarlo a aquellos que lo ignoran.

Los pasos de cebra se convierten en campos de batalla entre el tráfico y los peatones. Solo una actitud que se mueve entre decidida y kamikaze permite cruzar de una acera a otra.

"Cada minuto que pasa es un minuto menos para que pase la crisis", leo en el lateral de un furgón. Miro alrededor, gente y más gente, coches por todas partes, cemento por todas partes. Por un instante me asalta una pregunta aterradora, casi tanto como las dos respuestas posibles: ¿realmente quiero que pase la crisis?.

Ciudad costera: avenida interminable sembrada de rotondas cada medio kilómetro y flanqueada por edificios de usar y tirar, sin historia ni estilo ni pasado. Solo cemento comercial construido para generar dinero.

Estoy en la terraza de un bar de la playa. Un cartel taurino me saca de mi ensimismamiento, devolviéndome de golpe a un momento y un lugar en los que no recordaba estar. Mil novecientos noventa me parece un año próximo en el tiempo, pero el papel agrietado y ennegrecido me devuelve otra impresión: han transcurrido veintiún años desde aquella corrida de toros, y ni eso ocurrió ayer, ni tú eres tan joven como creías.


En el centro comercial

Compran y venden. Presentan objetos no tanto de necesidad como de deseo a cada paso, a la vuelta de cada esquina. Líneas, formas, sabores. Tratamientos contra dolencias que no padeces o para conseguir una belleza ya existente o bien imposible de lograr. Si algo puede comprarse con dinero, probablemente esté aquí.

A mi alrededor, la gente parece desconocer la crisis. Compras y más compras. Ascensores y escaleras que conducen de un lado para otro, solo faltaría una línea roja en el suelo para que el individuo no tuviera que hacer absolutamente nada: solo ver, coger, pagar, y pasar al siguiente local. Pasillos interminables, todo milimétricamente calculado y dispuesto para poder cobrar por ello. Me sorprende que aún nadie haya pensado cobrar el mísero y contaminado aire que respiramos.

Un cliente sentado es un cliente que malgasta su tiempo sin comprar o consumir nada, que puede incluso plantearse el marcharse sin haber comprado nada: basta entonces con no disponer ni un solo banco o superficie que de alguna forma permita sentarse, hitos de la inteligencia humana.


El regreso

Son las seis de la tarde cuando el coche enfila la autovía de la costa, buscando senderos por los que adentrarse en las tierras secas y áridas de Almería camino del interior. Aglomeración de tráfico que parece llegar tarde a todas partes. Un Volkswagen blanco me rebasa y reparo en un detalle que su conductor ignora: la tapa del combustible está abierta y el tapón de goma está enganchado en esta, víctima y verdugo de la misma premura que nos invade a todos, como si acaso tuviera algún sentido.

El intenso calor invita a no detenerse bajo ningún concepto, pero resulta un atrevimiento absurdo afrontar de un golpe los casi trescientos kilómetros.

Al fondo de las serranías se aprecia el castillo y las luces de de la última ciudad en la que me gustaría pasar la noche, al igual que tampoco los próximos meses. El calor parece formar una bolsa en torno a las calles y los edificios casi desiertos, y cada uno de los termómetros de las aceras ofrece la nada gratificante cifra de treinta y siete grados a las diez de la noche. El apartamento es una sauna cerrada a cal y canto durante cuatro días, y el sopor reseco de las calles es más insoportable aún aquí dentro. El sueño de las vacaciones ha terminado. Hemos vuelto.

3 comentarios:

  1. Dice el refrán que todo lo bueno acaba pronto,y parece que cuando estás de vacaciones los dias tienen menos horas,apenas has deshecho la maleta y ya estás otra vez de vuelta. Lo que importa es disfrutar ese tiempo que es de lo que se trata, y tu parece que le sacas punta a todo. Aunque no lo creas un dia lejano lo recordarás y tirarás de apuntes para volver a vivirlo. De todos los sitios que visitamos siempre nos llevamos algo dentro y ese algo nos moldea para bien o para mal.

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  2. Yo he leído que tras largos periodos de trabajo, unas vacaciones, por cortas que sean, son una bomba de oxígeno (literalmente) para nuestro cerebro. Parece ser que por esa razón recordamos esas cortas vacaciones que pasamos hace años como si fuera ayer, y en cambio nos cuesta pensar en lo que cenamos anoche.

    Misterios del cerebro a parte, espero que hayas disfrutado de estas vacaciones. De vez en cuando viene bien que una bomba sacuda nuestra vida. Después el exterior sigue igual, la rutina es la misma, pero nosotros hemos cambiado, y los cristales de nuestras gafas son de otro color. Vamos, que espero que ahora veas las cosas un poco mejor.

    ¡Un abrazo!

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  3. Lástima que las estancias en este tipo de paraisos terrenales se hagan tan cortas. Tengo noticias para ti.

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