viernes, 9 de septiembre de 2011

Leviatán, Paul Auster.

Ha sido necesario todo un mes menos un día para dar fin a la lectura de este libro, todo un mes para doscientas sesenta y nueve páginas. De poco sirve el puñado de intenciones que durante esos primeros días del mes de julio de cada año van tomando una forma casi tangible, intenciones que hablan de lecturas más largas y relajadas en las tardes libres una vez establecida en el trabajo la jornada intensiva, de reseñas serias e interesantes publicadas en el blog, de la redacción de algún que otro borrador que con el paso del tiempo y los ingredientes adecuados vaya adquiriendo el carácter de relato. Pero ni las tardes fueron lo que un día se ideó de ellas, ni existieron unas vacaciones razonablemente largas de dispersión y tranquilidad en las que centrarse en el papel.

Me detengo a pensarlo por un momento, y me cuesta creer que todo un mes haya transcurrido desde aquellos momentos, construidos ya a medias de memoria e imaginación, sentado en la orilla de una playa extrañamente despejada, el tacto de la arena caliente entre los dedos, observando perdido un horizonte compuesto de una gama interminable de matices de azul, caminando cerca del agua esquivando guijarros y volviendo la vista de cuando en cuando para comprobar lo delebles que resultan las huellas de mis pisadas, casi inexistentes momentos después de nacer.

Fue en el cómodo sillón de la habitación del hotel donde comenzó a tomar forma la historia de Benjamin Sachs y Peter Aaron. "Hace seis días un hombre voló en pedazos al borde de una carretera en el norte de Wisconsin. No hubo testigos, pero al parecer estaba sentado en la hierba junto a su coche aparcado cuando la bomba que estaba fabricando estalló accidentalmente. […]". Transcurrieron unos tres años desde que un buen amigo me incitara a su lectura hasta que una tarde, por la habitual conjunción de circunstancias que generan un final inesperado, el libro me acompañara al volver a casa. Antepuse su lectura a la de otros libros que hace tiempo esperaban, buscando con ello ajusticiar el compromiso que tenía algo de promesa con ese amigo que un día tuvo a bien recomendármelo.

Y ahora lo he terminado. Me queda por igual el sabor dulce y amargo del final al fin encontrado junto a esa lectura ya terminada y sin continuación en el tiempo. Pocos han sido los libros que me han provocado tan intensos como contrapuestos sentimientos: el deseo de terminarlo junto al anhelo imposible de conseguir de ver aumentar el grosor del libro mientras es leído. Ahora lo he terminado y me siento como si acabara de desembarcar de un avión procedente de Nueva York, tras haber pasado este mes -diluido entre las páginas hasta conformar meses y años completos- acompañando a Peter Aaron en la escritura de ese libro que narra fielmente la relación de amistad que le une con Ben Sachs, ambos escritores, ambos con sus filias y sus fobias, ambos tan extrañamente distintos pero a la vez tan iguales, ambos tan distintos de mi pero sin embargo provocándome a menudo sentimientos que me invitaban a identificarme con ellos. Todos parecen ahora tan reales como las caras dejadas atrás en un viaje de vuelta: Lilian Stern, Fanny, Maria, Delia Bond, Iris, Dimaggio, los agentes del FBI… y han quedado atrás de la misma manera.

Una intensa nevada que permite unas copas de más, protagonistas dedicados a la literatura padeciendo las incertidumbres de los caminos nunca definidos de una novela que va cobrando forma, vidas de unos y otros que se entrecruzan formando un extraño mosaico de historias sintetizado en la narración secuencial del libro, mujeres que entran y salen de las vidas componiendo un extraño crucigrama, la escritura de un libro que habrá de ser el único y definitivo, amistades que vienen y van, que se estiran en el tiempo con impensable flexibilidad y no llegan a romperse, etapas y lugares y situaciones que conducen hacia un punto indeterminado de una carretera cerca de Wisconsin.

Poco o nada capacitado como crítico literario, repaso la historia y ojeo páginas sueltas del libro buscando con ello en mi memoria algún momento de desagrado, sin lograr encontrarlo. No voy a lanzar toda clase de adjetivos positivos sobre esta obra, ya que fuera de la expresión puramente subjetiva tal vez carecieran de valor. Pero ello no me impide decir que ha sido una de las novelas que mejor sabor de boca me deja tras su partida, y que regresaré a Paul Auster algún día espero no muy lejano, de la mano de otras obras como Brooklyn Folies, igualmente recomendada por quien me llevó hasta Leviatán.

Qué pena, maestro, no disponer ahora de un par de Ballantines como en una no muy lejana tarde, y brindar a la salud de Auster y de Sachs. Y qué diablos: por nosotros.



Acerca del libro.

Leviatán. Paul Auster.

Editorial Anagrama. 269p. Tapa blanda. 9 euros.

La traducción se debe a Maribel de Juan, pudiendo decir poco respecto a su calidad sin haber leído la edición en la lengua de origen. Se compone de cinco capítulos, únicamente numerados. El lenguaje resulta claro y sencillo, abundando el diálogo, y siendo las descripciones lo suficientemente precisas como para componer una idea clara sin entrar en detalles que ralenticen la narración. Los saltos en el tiempo están bien construidos, arrancando en un hipotético presente para dar paso al relato de un pasado desde varios años atrás, desembocando de nuevo en el presente. El repertorio de personajes, entre principales y secundarios, ronda la veintena, y es destacable de estos su profundidad. En cuanto a los escenarios, partiendo de la portada del libro el abanico se extiende principalmente por Nueva York y Vermont, fielmente representados de manera que juegan a entremezclar realidad y ficción con genial maestría.

4 comentarios:

  1. ¡Gracias por esta reseña!
    Hace mucho que quiero leer a Auster, de hecho, cada día que voy a una tienda de libros los suyos pasan por mis manos sin que lleguen a mi casa (no como este ejemplar tuyo). Tomaré esta reseña como una encarecida recomendación y seré más seria con este escritor de aquí en adelante.

    Te he nominado a un premio en mi blog. Las reglas son las reglas, aunque como yo hago lo que quiero con ellas es justo que tú hagas lo mismo.

    ¡Un abrazo!

    ResponderEliminar
  2. En más de una ocasión me ocurrió lo mismo con algún libro de Auster, pasaba de largo tras haber ojeado la contraportada, llevándome en los labios la frase debe estar bien. En esta ocasión se trataba de Leviatán, y no pude resistirme. Hacía tanto tiempo que había dado de lado inconscientemente al hecho de buscarlo, que cuando lo tuve delante sentí que debía llevármelo sin más. El mismo amigo que me lo recomendó me habló muy bien de Brooklyn Folies, y tras la experiencia de Leviatán no creo que transcurra mucho tiempo hasta que caiga en mis manos.

    En cuanto al premio, aquí me remitiré a darte las gracias, ya que espero escribir en tu blog y además preparar alguna entrada para el mio al respecto.

    Un abrazo!

    ResponderEliminar
  3. Resulta que despues de leer el articulo sobre esa novela me ha venido a la mente la primera vez que yo quede enganchada a un libro tenia 11 años y el autor era Enrique jardiel Poncela lo que no consigo recordar es el titulo.Corria el verano del año 70 nunca pude agradecer lo bastante al señor Andres Cid Yopis que me inculcara el placer de la lectura, que con los años me ha reportado la escasa cultura que poseo y porque no decirlo me ha hecho pasar muchos buenos ratos aliviando mi soledad

    ResponderEliminar
  4. Así que te da la sensación de haber vuelto de New York. ¿Recuerdas la cita que reza en el frontal de la librería del bar de Gonzalo? Que razón que tiene.

    No se si podrá ser más de uno, pero queda pendiente el brindis con el Ballantines para este sábado, si nada lo impide.

    Pd: Te recuerdo que este verano volví a Paul Auster con El Palacio de la luna y si, justo lo que estás pensando, también has de leerlo, vivirás a very amazing experience in Cental Park.

    ResponderEliminar

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...