domingo, 4 de diciembre de 2011

Escribano palustre. Esclavos del tiempo (27/11/2011)

Una semana después de su emisión hago mención a este magnífico programa de radio. Más vale tarde que nunca. Espero que lo disfrutéis.





Para quien prefiera leerla, aquí va la transcripción del programa:

“ Buenos días. Me piden que me presente. Me llamo María Novo. Soy trabajadora en el mundo de la universidad. Trabajo en temas de medio ambiente y desarrollo sostenible. También soy escritora y artista plástica, estas son dos de mis grandes pasiones, y soy la presidenta de la asociación SlowPeople, gente que quiere ir más lenta por la vida.

Voy a hablarles del tema del tiempo, que es lo que me han pedido, así que también quiero contarles que mi último libro se titula Despacio, despacio: veinte razones para ir más lentos por la vida.

Los movimientos Slow nacieron en Italia hace muchos años, como una reacción frente a la sociedad de consumo y frente a los ritmos que imponía, y también como una defensa de la agricultura tradicional, que es una agricultura lenta pero es una agricultura sana para las personas y para el planeta. No me puedo detener en esto pero es importante decirlo. En esa línea ha ido expandiéndose una cultura de manejar otros ritmos, en la producción, pero también en la producción de vida, y en la forma de comer y en la forma de vivir, y nosotros somos herederos de esa tradición.

En el año 2007 le dimos forma, pero ya antes estábamos reunidos un grupo de amigos que llevábamos la vida con muchos proyectos, y no estábamos satisfechos del ritmo de nuestra vida. Queríamos reconquistar un poco ese tiempo que se nos estaba escapando detrás de tanto proyecto y de tanto ir y venir. Entonces nos reunimos, creamos un grupo, le pusimos como nombre Festina lente.

Festina lente era un lema que tenía el emperador Augusto, y significa Apresúrate despacio. Bueno, a lo mejor tenemos que seguir un ritmo, pero vamos a intentar seguirlo despacio.

Yo creo que una de las cosas que ignoramos mucho la gente de ciudad es la cantidad de tiempo que hay invertido para que a nosotros llegue una barra de pan, en la gente que ha plantado ese trigo, lo ha cosechado, lo ha transformado en harina, luego esta harina la ha transformado en pan. Todo esto lo vamos perdiendo, nos parece que la comida cae del cielo al supermercado. Esto incluso para los niños es muy educativo, el saber de dónde viene lo que comemos.

La lentitud, no la quiero plantear desde el plano puramente utilitario. Es mucho más que eso. La lentitud es la metáfora de una forma de vida en armonía, en armonía con la naturaleza, que tiene ritmos lentos y que se mueve con ritmos de medio y largo plazo[…]. Más que lentitud, yo diría que la naturaleza maneja el tiempo oportuno en cada caso, a veces va rápida, a veces va lenta. Ese es el secreto que nosotros, detrás de la metáfora de la lentitud, también queremos difundir: el tiempo apropiado en cada caso, el tiempo justo para cada cosa.

Hay momentos en los que efectivamente el tiempo es corto. Si te están haciendo una exploración médica, quieres que dure poco, un tiempo de sufrimiento queremos que dure poco, o de incomodidad. Por tanto, se trata del tiempo apropiado en cada caso, diría yo. Y esa metáfora de la lentitud se relaciona directamente con la belleza, con la belleza de la vida en general y con la belleza de nuestras vidas.

[…] Cuando comenzamos a concederle tiempo a lo verdaderamente importante: las relaciones con nuestros hijos, nuestra pareja, los amigos, los padres, el mundo natural, todo lo que significa querer y ser querido, entonces nuestra vida se va llenando de belleza, y algo comienza a bailar en nuestro interior. Es la alegría recién llegada, que nos saluda preguntándonos cuál es la hora, el minuto, que vamos a dedicar ese día para cuidar de alguien y a la vez cuidarnos a nosotros mismos.

Es la música, que llega para incitarnos a escuchar, a oírla tan profundamente que nosotros mismos seamos esa música, la hagamos parte de nuestro corazón. Es la palabra, la maravilla de poder comunicarnos, que nos invita a que miremos a las personas abiertamente y les digamos lo que significan para nosotros, o simplemente les contemos cómo ha ido el día. Es la poesía, que nos impregna cuando dejamos que las cosas sucedan, cuando somos más vasija que alfarero, más espacio abierto que reja, más corazón que idea fría. En suma, cuando, como nos enseñó el gran Hölderlín, poéticamente habitamos la tierra. Ahí, con el ritmo apropiado, nos saluda la belleza.

La prisa en este momento, en nuestra sociedad, es una enfermedad, porque realmente estamos perdiendo la dimensión de qué es lo verdaderamente importante de nuestras vidas, corriendo siempre detrás de lo urgente, que es ese trabajo que tenemos que entregar para anteayer, o también corriendo detrás de eso que nos piden los medios, la publicidad, de que hagamos muchísimas cosas, de que cuando aparece un puente, tenemos obligatoriamente que irnos a otro sitio, no nos podemos quedar tranquilamente paseando en el parque más cercano a nuestra casa. Estamos como detrás de un síndrome que es peligroso, que es síndrome de la felicidad aplazada.

El síndrome de la felicidad aplazada consiste en una trampa: te dicen, bueno, ahora sacrifícate, pero ya luego serás feliz, harás esas cosas que te gustan, al ritmo que te gusta, pero ahora toca correr mucho, hacer muchas cosas, quedarse hasta muy tarde trabajando… Ese es un síndrome peligroso, porque como seres humanos, nuestro organismo necesita vivir al ritmo biológico, a un ritmo de armonía con la naturaleza, y necesitamos ser felices cada día, no estar aplazando la felicidad. Por tanto, la invitación a vivir más en el presente y a defender más la calidad de nuestro tiempo, es una invitación incluso que se puede valorar en términos de salud: estamos perdiendo la salud por hacer demasiadas cosas, y por tener unos niveles de estrés la mayor parte de las veces que no solo son poco convenientes desde el punto de vista de nuestra felicidad sino que son insanos incluso, que nos enferman.

Cuando hablamos de lentitud, no queremos decir que haya que ir siempre lentos. La lentitud es una metáfora. Yo comento siempre que cuando estás adelantando a un camión o cuando llevas a una persona al hospital no puedes ir lento, pero claro, nuestra vida no consiste en adelantar camiones o en llevar a una persona al hospital. Hay momentos en la vida en los que tenemos que acelerarnos, pero no toda nuestra vida tiene que estar a ese ritmo. Entonces de lo que se trata es de conseguir mantener una quietud interior. Incluso en momentos en los que hay que apurarse esto nos permite establecer las prioridades, nos permite saber realmente qué es lo que queremos hacer, en qué lugar queremos estar, y no corriendo al ritmo que nos marcan los de fuera.

Hay un tema importante que está escondido detrás de este mal uso que hacemos del tiempo, y es el tema del éxito. Nos han contado que el éxito consiste en tener las agendas muy apretadas, en decir siempre estoy muy liado, no puedo, estar moviéndose constantemente de un lado para otro. La persona que está todo el día subida en el avión parece que es una persona más exitosa que la persona que no hace eso, y eso es una trampa. Se puede morir de éxito.

Entonces quizá una de las cosas que hay que replantearse seriamente es qué el éxito para cada persona en su vida. El éxito, cuando se hacen encuestas grandes, que yo las conozco, la gente cuando habla, el éxito lo asocia a la felicidad. Entonces hay que preguntarse qué es lo que me hace feliz a mi, y también otra vez las encuestas dicen que la gente estima que lo que mas feliz la hace es estar con sus seres queridos, con su familia, con sus hijos, con sus padres, sus amigos.

Cada uno tiene que saber qué es lo que le hace feliz. A mi me hace feliz todo esto, pero también me hace feliz escribir, me hace feliz pintar, a otro le puede hacer feliz otra cosa. Pero, ¿de verdad nos concedemos tiempo para esas cosas que nos hacen felices, o vamos corriendo detrás de lo que nos marca la sociedad, la publicidad, y vamos abandonando justamente estas cosas que nos hacen felices y que a veces están muy cerca y son muy sencillas y no consisten en ir a pasar las vacaciones a Cancún o a las islas Fiyi? A veces están mucho más cercanas y son más sencillas de lo que creemos.

El mundo está lleno de ladrones de tiempo. Cuando alguien nos roba nuestra cartera, nosotros lo denunciamos, si alguien nos roba dinero, pero que nos roben tiempo ha llegado a parecernos natural, que alguien nos robe tiempo, que nuestro jefe nos diga que tenemos que quedarnos hasta las diez de la noche trabajando, o a veces que nos lo imponemos incluso nosotros por una cuestión de éxito o profesional. Claro, cuando nos están robando tiempo, nos roban un bien que no es renovable. El dinero es un bien renovable, el dinero se puede prestar, se puede guardar, se puede conseguir, otra persona te puede dar dinero. El tiempo no. El tiempo pasa, y ha pasado: no es renovable.

Tenemos cada día unas horas, tenemos un presente, y si no lo vivimos de acuerdo a como lo queremos vivir, el futuro no sabemos cómo podrá ser; estaremos realmente despreciando un bien de altísimo valor.

Los griegos tenían tres dioses para hablar del tiempo: Kronos, Aion y Kairós. A mi me gusta especialmente este último, Kairós, porque es el dios del momento oportuno. Es el dios que nos dice cómo en cada momento tenemos una oportunidad de realizarnos como personas, de ser felices, de ayudar a los demás, de contribuir al bienestar social, en fin, cada uno de hacer uso de los dones que le ha dado la vida, y de vivir como quiere vivir. El ejemplo de Kairós es el surfista: pasa la ola, y no puede pasarla un momento antes ni un momento después. Kairós es el momento oportuno. La vida está llena de oportunidades, pero cuando vamos corriendo no las podemos reconocer: ese es el problema.

En cambio, si nos sentamos despacio con la persona que tenemos enfrente y le miramos a los ojos, la escuchamos, si vamos por la vida un poco atentos a cada momento, a ese presente, pues vamos encontrando muchas oportunidades para el Kairós. Por eso es tan importante que ese dios nos bendiga, se haga presente en nuestras vidas, pero tenemos para ello que relajarnos y que concedernos ese sosiego, que es el que consigue que se asome a nuestra vida.

En mi libro, hablo de la necesidad de que nos reapropiemos del tiempo. Esta es una idea, desde luego, con una gran carga respecto de la sostenibilidad personal, de la sostenibilidad de nuestras vidas. Si no nos reapropiamos de nuestro tiempo, si no nos hacemos artífices de la forma en que usamos nuestro tiempo, es muy difícil que nuestras vidas sean sostenibles. Sin unas vidas sostenibles, no hay planeta sostenible: la sostenibilidad comienza con la sostenibilidad personal.

También es cierto que la idea de reapropiarse del tiempo tiene una gran carga social y una gran carga política incluso, porque cuando nos reapropiamos del tiempo estamos aprendiendo a decir no a muchísimos de los señuelos que nos lanza la sociedad de consumo. Estamos aprendiendo a organizar nuestra vida desde el interior, no desde las consignas que nos llegan por la televisión, que nos llegan por la publicidad. Decir que no a muchas de las consignas que nos lanza la sociedad de consumo realmente es un tacto político, es un acto de rebelión contra un sistema que pretende convertirnos solamente en consumidores, cuando realmente nosotros por fortuna somos mucho más que consumidores, somos seres con corazón, con alma, con inteligencia, con proyectos personales, con afectos, con ilusiones. Todo eso lo saludamos cuando nos reapropiamos de nuestro tiempo.

Hay que pensar que el tiempo es libertad. Cuando se apropian de nuestro tiempo, se están apropiando de nuestra libertad. Por tanto también cuando nosotros volvemos a reapropiarnos de nuestro tiempo, nos estamos haciendo más libres.

No tengo la receta en un sentido general, porque cada persona es un mundo y se tiene que plantear sus estrategias. Puedo hablar de las que de las que yo he utilizado hasta llegar hasta aquí, aunque tampoco soy un ejemplo –también tengo mis contradicciones-. Pero sí es verdad que voy mucho más desacelerada de lo que iba antes.

La primera cuestión es pararse y reflexionar. Sentarse un día y decir bueno, ¿cómo está organizada mi vida? ¿qué cantidad de tiempo dedico al trabajo? ¿qué cantidad de tiempo dedico al cuidado de los otros, al cuidado de mi misma, a mis aficiones, a mis pasiones, a mis gustos? A todo. Entonces decirse ¿es esto lo que quiero hacer o estoy viviendo con una vida prestada que me han puesto desde fuera y que me gustaría que fuera de otra manera?

Hay cosas que a veces no tienen solución, porque los horarios de trabajo no los definimos nosotros, pero hay otras muchas cosas que sí se pueden replantear. Uno se puede replantearse si prefiere ver tres horas de televisión o ver media hora, y a lo mejor ahí gana dos horas y media, con las que puede estar más tiempo con sus hijos o con sus amigos o con las que puede practicar alguna afición, hay que ver el tiempo que perdemos en los traslados. Lo importante es pararse. Si uno no se para es muy difícil que pueda realmente hacer ese ejercicio de decir cómo vivo y cómo quiero vivir.

La segunda cuestión que apuntaría es aprender a decir no. También, a veces, seducidos por esa idea de éxito que se comentaba antes, vamos acumulando proyectos y cosas, porque nos parece que si decimos que no a algo perdemos el tren. Realmente no se trata de ir corriendo en un tren, la vida no es eso, ni tampoco se pierde el tren por decir no algunas veces. Hay que aprender a ser selectivos: a decir, bueno, si estaba haciendo diez cosas, ahora voy a ir aprendiendo a hacer siete, luego voy a tener que decir a tres que no. Ir bajando un poco ese nivel de compromiso para poder ir ganando tiempo para otras cosas que quizás se nos han quedado arrinconadas, que a lo mejor al final de nuestra vida descubrimos que eran las más importantes.

En casa comemos sin televisión, entonces el momento de la comida es un momento en el que nos contamos lo que está haciendo cada uno, los proyectos. Algo tan sencillo como no tener la tele en el lugar donde se come o no encenderla, hace posible que haya ahí un pequeño espacio de tiempo que de pronto se convierte en un espacio muy rico, en el que se comparten cosas. […] Yo veo muy poca televisión. Veo un informativo, media hora cada día, y por la mañana también escucho media hora de radio. Con esto me considero una persona informada.

El ejercicio de escuchar música es un ejercicio que nos obliga a pararnos, y a estar por un rato dándole un lugar a una actividad que es más del alma, del espíritu, no es solo una actividad útil. Esto es importante, porque en esta sociedad se ha confundido lo valioso con lo útil. Entonces parece que si no estamos todo el día haciendo cosas que sean útiles, y útiles además para el mercado, pues esas cosas ya no son valiosas. Incluso a veces se acusa de perezosa a una persona que está dedicando la tarde a charlar con una amiga o a tomar el sol.

Yo me niego a que el mercado sea lo que rija mi vida, la vida tiene mucha más riqueza. Entonces pongo el ejemplo de escuchar música, leer, conversar. Las mujeres conversamos mucho unas con otras, y estamos muy convencidas de que no es este un tiempo perdido, sino un tiempo invertido, en comunicación, en compartir experiencias, invertido casi en una terapia. El tiempo por ejemplo de salir a dar un paseo aquí en Madrid, o cuando vas a la sierra y estás cerca de la naturaleza o si vas a un parque de tu ciudad, ese es un tiempo de una gran riqueza.

[…] El paso del Renacimiento a la Modernidad fue el salto de una pregunta, la que se hacía el hombre renacentista: ¿esto es bueno?, que era la preocupación ética por desarrollar una vida buena, a la pregunta que entra con la revolución industrial, con el triunfo del modelo de las máquinas, ¿esto es útil?. Estamos obsesionados, y el mercado nos repite como un mantra que todo cuanto hacemos ha de tener una utilidad, y una utilidad que revierta económicamente. Qué trabajo más útil hay en la sociedad que la de una mujer que está amamantando a un hijo, o el de un padre que está cuidando a un niño pequeño, y esto no repercute en el mercado; sin embargo, es lo que está construyendo comunidad.

Creo que las nuevas tecnologías necesitan que aprendamos a utilizarlas. Pueden ser un alivio para nuestro trabajo, para nuestro tiempo, o pueden ser una trampa que nos acabe enganchando a estar todo el día ocupados.

Mi opinión personal es que en esta sociedad hay una especie de interés por parte de los poderes políticos y económicos de que las personas estemos todo el día ocupadas y distraídas. Tenernos distraídos significa que no vamos a ser personas muy críticas con el sistema, que no vamos a plantear muchos problemas, porque estaremos entretenidos todo el día haciendo cosas. A veces, medio en serio, medio en broma, digo que uno de los problemas de nuestro tiempo es el síndrome NTD: Nos Tienen Distraídos. La gente del 15M por ejemplo, ¿por qué ha podido manifestarse? porque no estaban distraídos, estaban enterándose de lo que pasaba con sus vidas, de dónde estaban los orígenes del problema. Pero si estás todo el día ocupado, la vida te pasa al lado pero no la penetras.

Muchos de los actos que hay ahora mismo de crítica ciudadana, de las redes que se están creando, son posibles gracias a las nuevas tecnologías. Esa es la cara amable de las nuevas tecnologías. El riesgo es que estemos tan enganchados a lo virtual, que perdamos la dimensión de lo real, que estemos tan enganchados a que tenemos dos mil amigos en Facebook, que realmente no sepamos lo que le pasa al vecino que vive en la puerta de enfrente, que no tengamos amigos en nuestro barrio o en nuestra ciudad, con los que dispongamos de tiempo suficiente para encontrarnos.

Yo nunca hablaría en contra de las nuevas tecnologías, pero sí diría aprendamos a manejarlas. Hay que manejarlas como un instrumento que puede ser muy útil, pero que también nos puede alejar de la realidad, sumergir en esa otra realidad virtual, y realmente lo más importante es tener lo pies en la tierra y los brazos para abrazar a las personas que tiene cerca.

Algunas personas tenemos la costumbre de cuando estamos con alguien o comemos con alguien, desconectar el móvil. Alguna vez me han dicho ¿por qué desconectas el móvil? ¿y si te llaman? A lo cual respondo, mira, es que yo no soy el 112. Yo puedo estar dos o tres horas desconectada, […] y va a ser muy agradable que durante ese tiempo yo esté con esa persona, solamente con esa persona.

Entonces un gesto tan sencillo como desconectar el móvil va en la dirección slow, va en la dirección de dar un poco más de quietud a nuestras vidas. Seguir los ritmos del reloj es una tiranía, de la que no podemos sustraernos porque necesitamos trabajar, necesitamos llegar a una cita con una persona, pero hay algo que cuando realmente queremos estar relajados y felices nos dice “suprime esa obsesión por el tiempo”.

Metafóricamente, uno puede quitarse el reloj sin que haga falta quitárselo cuando está con otra persona.

Que el tiempo nos vuelva a pertenecer, en lugar de pertenecerle nosotros al tiempo. Que el tiempo sea algo que vuelva a ser algo manejable por nosotros como un elemento que tiene que contribuir a nuestra felicidad, palabra esta que también se nos está olvidando, detrás de nuevo de las palabras productividad y utilidad. Hay que ser productivos y competitivos, nos dicen. Y la pregunta es ¿no tenemos también derecho a ser felices? "

Correo del programa: escribanopalustre@rtve.es



(Muchas gracias a Escribano palustre, a Radio 3 y a Maria Novo)

1 comentario:

  1. Hace un par de años recibí un power point de esta filosofía era algo largo pero mereció la pena. Aún así, ahora volviendo la vista atrás creo en estos dos últimos años regalé mi tiempo, pensé que era por una buena causa, pienso que lo fue, pero restó tiempo a mi vida. Sé que no lo voy a recuperar, sólo me consuela pensar que mereció la pena, sabes, porque conjugar la primera persona del plural a veces conlleva este tipo de inversión en el tiempo.
    Reconozco que mme gustan las cosas sin prisas, para nada, por eso tal vez me guste el cine japonés, tan preciosista, que es capaz de valorar el tiempo de una escena y recrearse en ella. Espero que las cosas de la vida me dejen tiempo para disfrutarlo, eso espero.

    Un abrazo. Nos vemos pronto.

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