miércoles, 21 de diciembre de 2011

Otra cuenta atrás

En la radio señalan este veintiuno de diciembre como una fecha inevitablemente peculiar: tal día como hoy, dentro de un año, dejará de existir el mundo tal y como lo conocemos según las teorías del pueblo Maya.

Lejos de sentir temor, tiendo a pensar que el mundo conocido lleva camino de su final desde que comenzó, al igual que empezamos a morir desde el momento en que nacemos o que un pueblo que ha salido de una hambruna, de una crisis, de una guerra, no hace sino comenzar a recorrer la incalculable distancia que le separa de la siguiente.

Quién sabe qué puede haber de cierto en esa fecha. Quién puede asegurar que una plaga, una guerra mundial, un drástico e impredecible trastorno en el clima, no puede cambiar cuanto nos rodea, casi de un día para otro.

Sin embargo, asumir
algo no implica resignarse a ello. La única opción viable entonces es ser consciente de encontrase al borde de un permanente e incierto final, y de que mientras llega la muerte hay vida, y si hay vida, hay esperanza, hay conciertos de música clásica en noches de frío, una infinitud de personas a las que amar, poesías que trazan acordes con simples palabras, amaneceres en playas desiertas revestidas de espuma, vinos dulces que serenan en momentos amargos, ojos en los que perderse dejándose arrastrar como a un abismo imposible, libros que te llevan a vivir las mil y un vidas que en una sola no caben, todo un mundo al que aprender a mirar y al que consagrar el agradecimiento infinito por cada nueva oportunidad encarnada en treguas de veinticuatro horas.

Todo puede acabar dentro de un año, durar una eternidad que no deja de ser un intervalo indefinido, o tal vez quebrarse mañana mismo. Mientras tanto, cada segundo en la oscuridad es un segundo malogrado.

Niños comiendo melón, 1650.  Bartólomé Esteban Murillo




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