sábado, 4 de febrero de 2012

Cerillero y anarquista

El veintiséis de noviembre del pasado año quien esto escribe tenía ocasión de dar forma a uno de esos sueños de juventud que con vaguedad imposible toman forman un día en la imaginación: poder cruzar el umbral de ese mundo hecho a medias de realidad y literatura que es la puerta de entrada al mítico Café Gijón, en el marco infinito del Paseo de Recoletos.

Una vez dentro, mis pasos se veían ralentizados por la curiosidad casi infantil que me invadía, absorto mientras trataba de asimilar que era ese el lugar en el que me encontraba, el mismo por el que tantos personajes del mundo de las letras habían pasado desde el año 1888. Un toque de atención por parte de la gran persona que me acompañaba fue necesario para regresar a ese instante de una tarde que aún deparaba grandezas inimaginables.

Tomamos asiento en una mesa opuesta a la entrada y al calor de un par de cafés seguimos departiendo de vida y literatura. Frente a mi quedaba la puerta de entrada, y a su izquierda un mueble de madera que contaba entre otros objetos con una placa dorada y un retrato. Fue entonces cuando, enlazando algunas viejas lecturas, vino a mi memoria la figura de Alfonso González Pintor, cerillero del Café Gijón.

Alfonso llegó a ser personaje tan ilustre como el lugar en el que trabajó desde 1976, amigo de sus amigos que igual vendía tabaco que lotería, que aceptaba una confidencia o prestaba dinero, azote de las malas lenguas, especialmente cuando se le iba la mano con la jarra.

Tal día como hoy, hace seis años, un accidente de tráfico y algunas complicaciones posteriores que desembocaron en una neumonía acabaron con su vida. El café se quedó sin cerillero, sus amigos perdieron a algo más que un amigo, y los noveles en el oficio que aspiramos a ser capaces a lograr algo más que juntar palabras la posibilidad de conocer a toda una personalidad, una vieja gloria, alguien casi tan literario por su oficio como cualquiera de los miembros de la Real Academia de la Lengua.

Una placa que sus amigos le regalaron unos años antes, junto al retrato, permiten que, aunque haya fallecido, Alfonso nunca se marche del todo de ese puesto en la entrada del Gijón.








A la memoria de Alfonso, a quien encontré demasiado tarde. 






2 comentarios:

  1. La combinación cuanto menos es explosiva, las cerillas, la literatura y el anarquismos, juntas son un coctel molotov de gran envergadura. Fijate no conozco este café, conozco otros en los que se intenta hacer algoo así de forma primaria o nobel, como reunirnos en torno a un café o un té, o lo que se apetezca. En el futuro seremos leyenda :) (Es mi turno para soñar, jeje)

    Un abrazo.

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  2. Un bonito gesto: una forma de acercarlo un poco a la inmortalidad del recuerdo.
    No se si me gustaria ser recordado por mis anecdotas y mi ideología; pero menos es nada. Antes existia el consuelo de que tu nombre quedaba, escrito o impreso, en el papel, algo físico y tangible, un libro, ahora, en estos mundos digitales, ¿que permanece?, ¿alguien sabe que existimos?. Bueno sí, yo he visto dedicar maquinaria vieja al político de turno; por lo menos al cerillero le han puesto una placa sus amigos agradecidos; y no sus agradecidos amigos.

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