martes, 27 de marzo de 2012

Fragmento de El jinete polaco, Antonio Muñoz Molina

[...] Pues no les basta mirarse y saber quiénes son con una certeza y un orgullo que nunca hasta ahora habían conocido, como si fueran cada uno el único espejo posible de la cara del otro y también la única figura que sus ojos han deseado mirar:quieren encontrarse en el tiempo en el que aún no se conocían y en el mundo en que ninguno de los dos había nacido, y les parece que en todo lo que averiguan y se cuentan, lo que despierta tan simultáneamente en ellos como la intensidad casi dolorosa con que se les revelan reinos desconocidos de sus cuerpos gastados por el amor y revividos más allá del límite del entusiasmo, del miedo y del desvanecimiento, hubo desde el origen un impulso de predestinación o un azar que sin que ni ellos ni nadie lo supiera los protegía y los preservaba, los fortalecía en el infortunio, en la soledad, en la equivocación y el destierro, nacidos cada uno en un extremo del mundo y sin la menor posibilidad no ya de conocerse sino de poseer algo en común, tal vez sólo las tonalidades azules de los paisajes que veían en la distancia de los días más claros: Nadia el perfil de Manhattan al otro lado del East River, Manuel los picos de la sierra de Mágina más allá de los olivares y del Guadalquivir.

2 comentarios:

  1. Te lo he dicho varias veces y de distintas formas pero nunca me cansaré de hacerlo.

    GRACIAS POR HACERME LLEGAR ESTA OBRA

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  2. Gracias a don Antonio, que le dió forma y nos la hizo llegar. Descubrirla y recomendártela no tiene mérito alguno.

    Un abrazo!

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