miércoles, 17 de octubre de 2012

Tiempo que no perdona

Una imagen, plasmación intemporal de un instante o de un fragmento de tiempo determinado por un inicio y un fin, un equipo de grabación de video tan antiguo que mueve a risa pensar que hoy no vale una décima parte de lo que costaba en su época, unas cintas que arrastran sobre la banda magnética los fotogramas de un pasado lejano y casi incierto.

Dos cintas de casete de 8 milímetros, abandonadas a su suerte junto a la cámara hace años y sin que la utilidad o la simple curiosidad las sacaran del olvido, una tarde de otoño en la que no constituye una costumbre aún el hecho de continuar con cualquier actividad tras la comida obviando la siesta, imágenes que saltan de pronto a través del visor monocular tras pulsar el botón de reproducción, imágenes vacías de sonido que se deslizan inmersas en un blanco y negro que parece retrotraer el recuerdo varias décadas más atrás del momento al que pertenecen. Un fotograma tras otro.

Primer fragmento. Un sábado azul de marzo, tal vez abril, un viaducto tan viejo como descomunal, tomas rodadas siete años antes junto a los restos de lo que quiso ser una estación de ferrocarril en cuyos andenes nunca llegó a detenerse un tren. Un coche, el mismo coche de siempre, que entra en cuadro en alguna toma panorámica, nexo único aunque casi desaparecido entre aquella realidad y esta otra. Segundo fragmento. Un garaje, tres amigos que no dejaron de serlo pero a los que los hábitos de vida distanciaron como si se hubieran marchado a ciudades distintas, imágenes rodadas dentro de un garaje hace cinco años, un viejo Ford que pasaría a la historia pocos días después y para el aquellos minutos constituyeron una especie de despedida. Tercer fragmento. Imágenes rodadas once años atrás en varios puntos de una serranía que se pierde en la memoria durante un día de ruta acompañado por un admirado profesor de instituto que regresaba a los lugares de su infancia, las quebradas, las veredas las llanuras de la meseta, las aldeas abandonadas hace demasiado tiempo. Y más fragmentos: un parque de Bailén, una aldea abandonada cerca de una presa en un día de lluvia, una escena doméstica rodada en una casa que se pierde en el tiempo, otra estación de ferrocarril muerta.

Apartar la mirada del visor y sentir el silencio y el cruel vacío de un despertar de madrugada tras un mal sueño, vaivén de recuerdos que bullen en el cerebro, que se empecinan en contrastar al que en aquellos momentos sostenía la cámara con el que hoy ha vuelto a hacerlo accidentalmente y se ha encontrado a sí mismo o tal vez al que fue, y ha comprendido de pronto cuántas certidumbres se han ido desvaneciendo de manera casi imperceptible a lo largo de los años, somos lo que somos porque fuimos lo que fuimos, o tal vez fuimos el germen ingrato de lo que llegaríamos a ser, anclados al final en la perplejidad de un tiempo que no perdona.



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