sábado, 12 de octubre de 2013

Retrospectiva


Con la putrefacta facilidad con la que se ha convertido en costumbre en esta época, uno tiene tendencia a acordarse de aquellas efemérides que preferiría olvidar más que de ninguna otra. Apenas entra la primera claridad del día por la ventana cuando un golpe de vista capta esas dos cifras en el calendario, once, once de octubre. Un once de octubre de un año que será difícil de olvidar. Casi como el anterior. Peor quizá. Son ya con este treinta y dos los otoños que en la Historia han sido, treinta y dos los otoños que les han servido para conocerse a sí mismos, conocer el mundo en el que viven y cuyas reglas sus padres no les enseñaron porque las ignoraban y porque creían que bastaba con que el hambre no entrara en casa para que todo lo demás se mantuviera en pie. Conocer el uno al otro hasta el punto de no querer volver a verse. 

Fueron como eslabones de una cadena a los que el peso de la vida acabó inutilizando, víctimas de las convenciones sociales que obligaban a seguir fieles una tradición sin saber siquiera qué estaban haciendo, maniquíes en un altar imbuidos no tanto por la ilusión como por el miedo o la incertidumbre a afrontar una nueva etapa partiendo de la nada, condenados a improvisar eternamente, a sobrevivir sin otro impulso a menudo que el de la mera supervivencia. Perdida la partida llega el momento de volver a empezar, aunque la maltrecha línea de salida está desteniña y el camino no se parece al que tanto trabajo les costó aprender.

Las zapatillas y el chandal como patrimonio de ese intento por huir de la realidad o vadearla sin acudir a la estimulación del alcohol o el tabaco, la misma duda de cada tarde al salir de casa, por qué calles aventurarse y cuáles evitar para no consumir más veneno que el imprescindible en esta ciudad donde el escaso viento que renueva el aire que respiramos es propiedad de las calles y avenidas más anchas. Asfixia mientras caminas, mientras te detienes ante un semáforo en el que con menos temeridad que violencia los coches prescinden de la luz roja, ganando unos cuantos segundos y unos cuantos metros en cada calle a cambio de convertir el ambiente en un lodazal transparente. Por la puerta abierta de un bar toma la calle un olor intenso a ambientador, o a perfume o a producto de limpieza. Qué poco hemos avanzado, pienso, si ahora que no se puede fumar ahí dentro hay que disimular toda la porquería que entra del tráfico de la avenida. 

Camino con paso ligero, aventurándome a un trote suave a ratos. Observo a la gente con la que me cruzo, reparo en fragmentos de conversaciones, cayendo en la cuenta por enésima vez de lo poco que le importa a un ser humano un problema común si no se ve afectado directamente. Mientras unos se hunden hoy en la miseria, en depresiones de las que tal vez no salgan, otros se lamentan por no haber podido elegir ese tono de amarillo que les gustaba cuando compraron el coche nuevo. Empatía, asertividad, no son más que dos de las miles de palabras que rellenan el diccionario. Relleno entendido como ocupar, sin otro motivo, un espacio.

Sentado en el césped, prefiriendo no pensar en los perros cuyos dueños padecen un senil analfabetismo que les impide comprender la prohibición de acceder con ellos al parque, me hundo en la desolación, apuntalando la esperanza como un mañana que nunca llega. Un año, dos, tres, un lustro, una década atrás. En un minuto sobrevuelo los últimos tiempos, analizo con la aceptable perspectiva que dan los años y las lecturas lo que fui, lo que este país fue. Lo que uno hacía cuando aún no se hablaba de crisis, lo que no hace ahora y considera poco probable repetir en un futuro cada vez más difuso, fragmentado como las interminables cláusulas de una póliza de seguro.

Hay días en los que ni tan siquiera el ejercicio físico devuelve la serenidad y la lucidez que este absurdo presente nos roba.




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