jueves, 18 de febrero de 2010

Camino de perdición


Uno de los aspectos que más me llamó la atención del argumento de Celda 211 fue precisamente el de las simetrías. Desmontabas la historia, te quedabas con los cimientos y su estructura más básica, y resulta que puedo aplicarla a la perfección a mis circunstancias. Un tipo que pasaba por aquí, como si tal cosa, y el contexto que le rodea le obliga -aunque no sé hasta que punto sería ese el término- a tomar otros caminos que ni por asomo estaban en sus planes. Aunque en mi caso se trata de un proceso más lento, y por ende tortuoso.

Civilizadamente, y con un mamotreto verbal a modo de circunloquio, es esta una forma como otra de decir que estoy hasta los cojones y que el día menos pensado se me cruzan los cables y armo la marimorena. Y que ande.

Esta particular Celda 211 en la que vivo tiene para mí sus días contados, o será mi cordura -que ya empieza a mostrar síntomas de flaqueza- la que llegue al final de vía. Cómo díablos se puede vivir con cierta tranquilidad y comodidad en un sitio como este. No quiero el puñetero palacio de Versalles, simplemente un mìnimo de paz y descanso cuando vuelvo de la guerra particular de cada día. Pero resulta imposible. Durante el día los despistes y tonterías del ocupante número tres de esta jaula de locos te pueden sacar de quicio, así como su perra costumbre de cubrir a mi costa la carrera del hijo del mandamás de Endesa. No hay límites en la comodidad propia -en ello se basa nuestro estúpido Estado del Bienestar- cuando nos pasamos por el forro la ajena. Conozco gente que domina mejor las reglas de convivencia viviendo solos.

Y si dentro no tenemos bastante, pues acudimos a la planta de arriba. O a la de abajo. Qué más da.

Arriba el séptimo de caballería sigue su marcha triunfal cada mañana, incluyendo ultimamente ducha y afeitado matinal, no es cuestión de presentarse en el tajo con barba de ayer por la tarde. Y mientras tanto, a un servidor le repiquetean los dientes -mi dentista me va a matar cuando vea el destrozo- mientras pega tumbos en el catre buscando la postura en la que notar menos el dolor de espalda producido por un colchón del que huiría hasta un faquir borracho. Y si no, abajo está el clon de niñito adolescente de Fisica o Química que, si le apetece, nos deleita con una sabrosa ración de musicón discotequero al volumen suficiente como para ser escuchado cuatro pisos más arriba. Y sin pedírselo oye. Qué amable, el cabrón.

Decidido. Más vale coger la puerta por propio pie que esperar que sean los antidisturbios quienes vengan a sacarme tras alguna trastada. El que avisa, etc.

1 comentario:

  1. Que dispar nuestra suerte con respecto a terceros (o también segundos, en mi caso) ocupantes de nuestras particulares "casas del Señor". El año pasao pensé que con aquellos dos caballeros, jamás encontraría otros compañeros de piso de tanta calidad humana. Por suerte este año he comprobao que estaba equivocao, pues el nuevo tercer compañero supera, si es posible, al anterior.

    Lástima para mis vecinos, pues en mi caso somos nostros los que más penetramos el orto de los vecinos, especialmente cuando fruto del azar nos disponemos a tocar nuestras fatales melodías, simultáneamente y cada uno desde nuestra santa morada. Así pues, para nada tenemos derecho a quejarnos cuando escuchamos a las 7 de la mañana a Tom Martín Benitez en su "amanece en Andalucía un día radiante" (mi vecino de al lao también se afeita por las mañanas). Ni tampoco cuando al de arriba se le va la perola (o tal vez decide vengarse) y saca a pasear un taladro a las 1 y media de la mañana. Y no, no hemos de molestarnos porque escuchemos el rechinar de unos moelles desde la cama del otro vecino de arriba que parece ser se entusiasma en exceso cuando cumple con sus obligaciones con la madre naturaleza (¿está correcto decirlo así?).

    Hay cuatro viviendas en el bloque y los cuatro molestamos bastante, luego se produce un equilibrio perfecto que hace que ninguno estemos, ni mucho menos, hostil con el prógimo. Nos llevamos muy bien y nos echaremos de menos casi con toda seguridad. Este equilibrio que digo genera en nosotros una increible sensación de paz y bienestar.

    Que cosas tiene la vida...

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