Una de las cosas que con el paso del tiempo más tiende a envidiarse de la propia infancia es la facilidad con la que un mínimo aliciente se convertía en el objetivo que justificaba la propia existencia. Cada cinco de enero se transformaba entonces en una insoportable cuenta atrás, en un anhelo de ese mañana que parece alejarse vengativamente como solo saben hacerlo esos momentos que uno ansía con ardua desesperación. Momentos que el envilecimiento y la desilusión propia del paso de los años hacen decrecer a menudo por debajo de lo conveniente.
Un gesto que predice un infortunio, Tantos libros viejos por leer,
una mirada que enamora al descreído, tanta lucidez al borde del vacío,
un amanecer desvelado entre alcoholes, tantas vidas que vivir en una sola,
un personaje inventado por descuido. tanto tiempo debo que no es mío.
Desde la absurda sinrazón. Desde la cruda realidad. Desde la misma vida.
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jueves, 5 de enero de 2012
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