La hora en el reloj de la pared pasaba de las doce y media. Había regresado del teatro hacía apenas veinte y minutos, tiempo suficiente como para picar algo con lo que apagar cualquier resquicio de apetito y darme una ducha rápida, tras la que refugiarme en el sofá al calor del brasero, haciendo tiempo para que el sueño se presentase.
Un gesto que predice un infortunio, Tantos libros viejos por leer,
una mirada que enamora al descreído, tanta lucidez al borde del vacío,
un amanecer desvelado entre alcoholes, tantas vidas que vivir en una sola,
un personaje inventado por descuido. tanto tiempo debo que no es mío.
Desde la absurda sinrazón. Desde la cruda realidad. Desde la misma vida.
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miércoles, 9 de noviembre de 2011
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