Que cachondo oyes. A este Murphy, cuando se lo propone, nada se le escapa. Y sin pestañear.
Esta tarde me ha tocado. Ha ido a por mí de lleno, de frente y sin pensarlo. Mirada aviesa y puños rígidos. Ha decidido que debía ducharme antes de llegar a casa, que de nada valdrían paraguas, ropa, así como cualquier mal cobijo que hallare en las callejas y soportales de esta ciudad. Que el diluvio habría de suceder en el margen de tiempo -largo o corto según se mire- que transcurre entre las ocho y cinco de la tarde, cuando atravieso la puerta del curro, y las ocho treinta y cinco cuando llego a casa.