El verano tiene la capacidad de transformar los lugares con su mera presencia, sin que medien más que el ascenso del mercurio y el avance tortuoso del calendario. Hay lugares de los cuales se guardan estampas de todo tipo según la época, y de ellos un lugar concreto, el parque de La Victoria, -o de La Concordía, según la última moda de renombarlo todo para borrar cualquier atisbo que huela a Historia- un invierno, con nieve y cielo grisáceo, tres personas que saludan desde lejos a una cámara cuyo encuadre, a propósito o por descuido, los sitúa a la derecha de una imagen en blanco y negro, como si se tratara de un elemento más del decorado del paisaje.
Un gesto que predice un infortunio, Tantos libros viejos por leer,
una mirada que enamora al descreído, tanta lucidez al borde del vacío,
un amanecer desvelado entre alcoholes, tantas vidas que vivir en una sola,
un personaje inventado por descuido. tanto tiempo debo que no es mío.
Desde la absurda sinrazón. Desde la cruda realidad. Desde la misma vida.
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viernes, 29 de julio de 2011
martes, 2 de febrero de 2010
Parque de La Victoria
No suelo pasear por parques y jardines. Por un lado, porque los que tenemos aquí, que no son muchos, quedan retirados de casa. Por otro, porque raro es el día que puedo permitirme el lujo de tomarme tan solo una hora de disfrute propio para dedicarme a aquello que antaño practicaba a menudo: sentarme en el banco de un parque -a efectos prácticos valdría igualmente una parada de autobús o la terraza de un bar si no hay demasiado alboroto- con un libro en las manos, observando a la gente mientras que leo con esa mezcla de tranquilidad y bullicio que a partes iguales relaja y reconforta.
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