martes, 15 de enero de 2013

Volcados en la chapuza

Año nuevo y vida vieja. Quince días después de la entrada de este nuevo año con terminación macabra para los supersticiosos, parece no haber mayor certeza que la de que todo sigue igual. Todos hacemos lo mismo, seducidos por el miedo a vernos peor de lo que estamos, y en consecuencia todo continúa como estaba. Tal vez nuestro defecto, nuestra peor carencia ahora mismo, sea precisamente que por falta de experiencia nos dejamos arrastrar al rincón por culpa del efecto adormecedor del miedo. Y así nos va.

He optado por prescindir por un tiempo de toda información acerca del progresivo descalabro del mundo. A veces ojeo alguna noticia puntual en la red, detengo el baile de canales durante unos segundos en un informativo o comento con alguien un hecho puntual. Nada más. He llegado a la conclusión de que no me van a contar nada nuevo, de la misma forma que quien ha visto una telenovela durante un par de años sabe que todo se resume en problemas, peleas, arreglos y algún revolcón en la cama. Aquí la historia es siempre la misma: otra familia a la calle a causa de una hipoteca, otro chanchullo destapado del que a medio plazo nadie se acuerda sin que llegue a salir toda la porquería del desagüe, otro político que trabaja duro para lo suyo y los suyos mientras su gabinete de comunicación se encarga de hacernos ver que todos y cada uno de nosotros somos los culpables de haber dado la vuelta a la tortilla en apenas un lustro. Somos más de cuarenta y siete millones de habitantes, de los cuales seis carecen de trabajo, y todos nosotros somos los culpables de esta penosa situación. Salvo una minoría consciente y responsable —un millón de habitantes, tal vez dos— resulta que tenemos una enorme fiesta que pagar. Lo que me preocupa es que la fiesta no ha sido cosa nuestra, y que el hecho de que seamos unos cuantos millones de habitantes no significa que toquemos a tan poquito como para que resulte insignificante.

Nos dicen que no sé quién —nunca se sabe realmente quién— metió la pata, y que ahora nos toca abonar religiosamente la indemnización por daños. A uno le enseñan de pequeño que cuando rompe algo debe pagarlo después, y el tiempo le va ofreciendo otra perspectiva muy diferente: hay que romperlo con ganas, a placer, y asegurarse a toda costa de que el mochuelo recaerá sobre espalda ajena; si reconoces haber sido tu el responsable del problema sólo hay una explicación posible, y es que —apelando a nuestro arraigadísimo qué dirán— seguro que tratas de exculpar bajo una confesión menor toda una sarta de maléficas acciones.

Hace dos siglos los patíbulos no hubieran dado abasto en una semejante. Hoy, sin embargo, asfixiados y embrutecidos por culpa de un entorno hostil que no esperábamos encontrar, nos quedamos con la palabra en la boca. Incapaces de dar un paso adelante. Nos dicen que hemos de ser más productivos, así que nos toca trabajar más, y además que hemos de ser más competitivos, luego tenemos que hacerlo por menos. El inconveniente de que ahora el planeta entero se haya convertido en un enorme burdel es que puedo comprar un trasto diseñado en Brasil cuyos componentes se fabricaron en la India y se ensamblaron en China. Por cuatro perras. ¿Que las condiciones sociales y económicas de cada país son distintas? Bueno, es lo que hay. Si te gusta, bien. Y si no, te aguantas y haces que te guste. No te queda otra. Si te dedicas al cultivo de la lechuga y resulta que la que importan de Ecuador sale más económica, te toca reciclarte o marcharte allí para seguir haciendo lo que sabes hacer. Y si piensas reciclarte, más te vale hacerlo rápido y tener para comer mientras tanto.

De la misma forma que una ciudad va expulsando a su periferia a aquellos que no son capaces de mantener un nivel de vida elevado, algunos países parecen empezar a ejercer un efecto similar sobre su población. En nuestro caso, con un regimiento empeñado en destrozar todo lo público llegará el día en que no quede más servicio que aquel de pago, supuestamente más eficaz y eficiente. Aquel que no pueda pagarlo siempre tiene la posibilidad de llenar una maleta con lo justo y marcharse. No estimulamos el crecimiento como miembros de una nación unida y fuerte, sino que inspiramos la obligatoria certeza de que aquí solo vale lo de 
hijoputa el último. Como en la mili. 

Vivimos volcados en la chapuza,
ejerciéndola a gusto o con la desgana de quien preferiría estar en otra parte en lugar de cometer algo que atenta contra sí mismo. Como el Winston Smith de 1984, unos cuantos comprenden que lo que hacen es incorrecto pero no hay escapatoria posible, no hay forma de bajar de un tren que no se detiene, siendo la única salida un torpe salto en la oscuridad para acabar abriéndose la crisma en un terraplén.


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