Resulta, según explicó el imberbe que entró a pedir permiso para coger los cables, que la intención que tenían era invertir un rato retirando los aislantes para luego ir al polígono industrial donde alguien al parecer les compraría el cobre resultante. Y con esas, imagino después, unos cables de aquí, otros de allá, con un poco de trabajo tenemos para tabaco, para la salida de este sábado, para ir ahorrando para un juegazo de la DS o para ese escape molón para la moto. O incluso para vicios más serios, si encarta. Se van a enterar los perdedores esos de la clase cuando os vean llegar con la chupa nueva o con la moto tuneada -luego le haces un par de fotos con ese pedazo de móvil y al tuenti, verás como te agrega hasta la gachí esa de bachillerato que tanto te mola-, haciendo dinero como los jóvenes competentes y emprendedores que sois, y no ellos, atajo de borregos que no verán un céntimo propio hasta dentro de varios años.
Esto mejora por momentos. Días atrás me llamó la atención ver a un tipo a eso de las diez de la noche en una calle más o menos céntrica aunque sin gente junto a un contenedor de basura, rebuscando entre las bolsas vaciadas en el suelo. El fulano, entretenido en su tarea que dudo viera bien por llevar gafas de sol, no se inmutó al verme, aunque le oí rezongar a mi espalda cuando otro personaje pasó a su lado detrás de mi y el perro que paseaba le ladró un par de veces. Al día siguiente me encuentro con la topa Goofy y sus negocios. En el caso de estos tres lo que que más invita a reflexionar quizá no sea el hecho de que suceda, sino que los implicados sean críos.
El asunto de la paternidad ha sido siempre complejo, pero los cambios sociales de los últimos tiempos le aplican nuevas vueltas de tuerca. Hay algo que compruebo cómo se va dando cada vez más en esta época, y es que muchos padres se desentienden del tema llegados a una etapa en la vida, bien porque les ciega la idiotez -uno de los críos que buscaban cables tiene una madre orgullosa de su hijo, a la par que molesta con el instituto al que asiste, ya que en este no saben qué hacer por expulsarlo a la mínima ocasión; le tienen manía-, bien porque consideran, consciente o inconscientemente, que un trabajo a jornada completa para poder pagar hipoteca, coche, tele de plasma y vacaciones supone suficiente esfuerzo diario, bien porque pasan de la cuestión, considerando al hijo como caso perdido que la vida enderezará a base de golpes. También habrá casos, me digo, donde el niñato vaya su bola y pase de todos, por buena que sea la educación que sus padres trataran de darle, pero me da que este grupo es el menos numeroso.

Uno de los pocos errores que considero que la evolución ha podido cometer con nosotros, pienso mientras escribo estas líneas, ha sido precisamente diseñar la reproducción de forma que resulte tan sencilla, al alcance por igual de los más preparados que de los más imbéciles, asociándola además, tiene guasa, a uno de los motores del mundo desde el principio de los tiempos -no en vano se le conoce como el oficio más viejo del mundo-. Tal vez Freud, aunque un poco extremista, tenía razón en cierto modo. Es más, como ejemplo de hasta qué punto nos llama la naturaleza y aplicamos las últimas tecnologías a ello propongo una prueba tan rápida como sencilla: abrir un navegador de internet, acceder a Google, dentro de este a la sección Imágenes, y probar a buscar cualquier término tras desactivar el filtro de búsquedas Safe Search: la búsqueda de una cantidad disparatada de palabras, por alejadas que queden del sexo, probablemente te devuelvan en la lista alguna imagen sobre el tema.
Al respecto del impulso biológico, decía un personaje en El árbol de la ciencia, de Pio Baroja: […] A través de una nube brillante y falsa, se ven los amantes el uno al otro, y en la oscuridad ríe el antiguo diablo, que no es más que la especie.[…]. Si lo creía como tal o si tenía razón o no cuando lo escribió, no lo sé. Pero este fragmento invita a reflexión al igual que algunos más. Por otra parte, imagino, sin embargo, que de no estar genéticamente dispuestos así no estaríamos rondando ahora mismo a los siete mil millones de seres humanos. Que se dice pronto.

Siempre llegan los peros, claro. De entrada, lo que probablemente algún lector esté pensando ahora mismo: y es que quien soy yo para proponer una medida así. Para esta tengo respuesta, y es que la propongo porque, aún siendo impensable, la considero correcta. Si tenemos a una panda de demagogos gobernándonos, alguno que otro de los cuales no tiene ni bachillerato, y otros tantos no han leído un libro en su puta vida, qué o quién puede privarme de expresar mi punto de vista sobre el mundo en el que vivo. O también, ¿qué criterios habría que juzgar en los futuros padres, por ejemplo? ¿O quién tendría la potestad de hacerlo? ¿Habría que imponerlo en todas partes, incluso en aquellos lugares donde esto representara un conflicto moral o religioso? Y por último, por supuesto, la pregunta del millón: para que complicarse tanto la vida con algo que en su esencia más básica se reduce a un polvo.
Además del aspecto familiar, hay que considerar otro de no menor peso: el entorno, la sociedad en la cual se desarrollaría ese hijo. Puedes tratar de moldear a un hijo de forma que tenga principios, valores, que sea capaz de distinguir con cierta claridad lo correcto de lo que no lo es, aunque evidentemente se equivocará cientos de veces en su vida, como cualquiera. Pero si actúas así te arriesgas a que cuando con el paso de los años se vaya abriendo al mundo se dé de bruces con una realidad distinta a la que le has inculcado. Ahí fuera se cumple la ley del más fuerte, del que posee dinero o mayores influencias, del que se ve dotado de más fuerza o más inteligencia. Y en ese momento puede llegar el conflicto y la pregunta interior: por qué me han enseñado a ver el mundo de forma diferente al resto. Esto puede desembocar en que tire por tierra lo que ha aprendido hasta entonces, considerando que puede serle más útil pertenecer completamente a la masa. Incluso podría llegar a crear algún tipo de resentimiento hacia los padres, por considerar que le han mentido, o que le han hecho perder el tiempo aprendiendo cosas inútiles. También podría darse el caso opuesto, y es que considerase como válidas esas enseñanzas por parte de los padres, sintiéndose sin embargo excluido en cierto modo por parte de una sociedad que él no termina de comprender del todo. Qué hacer entonces, es la pregunta. ¿Habría que fomentar en ese hijo aquello que le ayude a sobrevivir en sociedad, como el egoísmo?, ¿encaminar su forma de pensar hacia la ley de la jungla y el más fuerte?
En cualquier caso se trata de un punto de vista desde la observación, y no desde la práctica. Tengo la experiencia de casi tres décadas como hijo pero ninguna como padre, y esto confirma la perspectiva que presento como algo cuestionable. Puede incluso que radical. Pero en cualquier caso invito al lector, como siempre, a mirar a su alrededor. A mirar a quienes le rodean, a su familia, a sus amigos y vecinos. Incluso a si mismos. Y que cada cual saque sus propias conclusiones.
Ay la difícil tarea de educar...aquí estoy yo un sabado por la noche eligiendo 100 centros para educar a los hijos de otros que probablemente no hayan recibido más educación que las pocas horas que esten conmigo.
ResponderEliminarSi todos supieramos asumir responsabilidades las cosas irian mejor.