lunes, 21 de diciembre de 2009

El día que nunca llegó.

Van ya diez años de calendario, con sus días y sus noches. Creo que no he sido consciente de ello hasta que me he visto allí de nuevo, sobre aquella roca a las afueras de ninguna parte. En el mismo rincón escarpado donde antaño una fémina que tenía casi tanto de niña como de mujer y un servidor jugamos a querernos como sólo es posible quererse cuando se tienen quince años y ni perspectivas ni preocupaciones. Cuando aún no te devuelve el espejo la imagen de todos los muertos que dejaste en el camino y de los puentes que quemaste.

Un domingo por la tarde. Un atardecer frio con nubes rojizas en el horizonte. Un seis de diciembre como aquel de hace una década en el que, de no haberse torcido todo, hubiera comido contigo, en la libertina soledad de dos adolescentes que juegan a conocerse poco a poco.

Según me dirigía a casa desde la capital de la provincia el pasado seis de diciembre, preferí como tantas otras veces no bordear la zona en la búsqueda ficticia de mejores carreteras, evitando así las estrecheces de la carretera de montaña que serpentea desde Beas de Segura hacia mi destino. Rondaban las seis de la tarde cuando pasé por la que antaño fue la puerta de tu casa, levantando en el instante el pie del acelerador como quien teme hacer ruido y despertar a alguien de su sueño. Pero en cualquier caso allí ya no hay nadie. Colgando de la fachada un cartel de Se vende va amarilleando con el paso de los años y no he vuelto a ver más que a tus padres en alguna ocasión. Solo es una casa vacía más en un pueblo cada día más vacío, condenado a medio plazo a desaparecer de los mapas.

Por una décima de segundo no pude evitar ver aquella vieja imagen. Mi destartalada bicicleta de montaña azul apoyada en la reja de la ventana de tu comedor. Un cielo gris de una tarde fría, de ese frío húmedo que te cala hasta la médula, y que da a mis recuerdos, junto con la inevitable degradación del paso del tiempo, un extraño tono en blanco y negro a aquella última tarde que pasamos juntos. Tu figura dibujada ente la cortina de puerta, con aquellos pantalones que siempre te quedaban largos. Y aquella sonrisa por la que hubiera matado con solo pedirlo y por la que tuve que enfrentarme sucesivas veces a la oposición de mi padre.

Ascendía por la carretera desde tu pueblo cuando de pronto vi que no había mejor momento para acercarme al lugar donde nos veíamos. Así, con los últimos tonos de luz camino del alba abandoné la carretera y surqué los doscientos metros de carril que la separaban de la enorme roca cuyas vistas alcanzan buena parte de la vega, el pueblo y la carretera.

Detenido allí y con el motor aún en marcha, la memoria me jugó la mala pasada propia de quien pierde la habilidad de ser consciente de ella. Bastó un segundo para sentir como si del día anterior se tratase toda aquella historia. Paré el motor, bajé del coche, y la primera sensación se convirtió de inmediato en algo tan familiar que sentí como me incluso me daba un vuelco el estómago. Era aquel frio cortándome la cara, mientras en el horizonte se desvanecían las últimas luces de la tarde. El mismo frío al que me enfrenté tantas tardes como aquella sin el alivio que brinda sentirse cómodo, cálido y razonablemente seguro a bordo de un coche. Terminaba la cita como cualquier otra, siempre tan corta a mi modo de ver y tan larga según el reloj y después de jugar a robarte un último beso que casi nunca era el último, era hora de subir en la bicicleta y recorrer los cinco kilómetros que me separaban de casa. Se agradecía en aquellos primeros momentos del camino la dura pendiente de la carretera, que ayudaba a entrar en calor a pesar de las temperaturas.

Anduve hacia la roca y permanecí allí unos minutos, observando el paisaje, dejando a mi memoria torturarme a su antojo. Buscando los hilos que unían en el tiempo a aquel individuo de la bicicleta con aquel otro envuelto en un pantalón azul, abrigo negro y gafas de lejos, que reprimía sin saber bien por qué las ganas de encender un cigarrillo. Buscando los senderos a través de los cuales, cada una de las cosas que he hecho, que he dicho, que he pensando o nada de lo anterior, me han conducido hasta lo que soy ahora, algo que ni por asomo imaginé entonces ni tan siquiera hoy día acierto a comprender.

Poco después, como quien se resigna por fin a dar por perdida una batalla librada hace demasiado tiempo, subí de nuevo al coche y observé cómo moría definitivamente la tarde, mientras que una lágrima despuntaba camino de ninguna parte. Encendí el motor y puse rumbo a casa resuelto a dar por zanjado este asunto para siempre. Este texto, escrito a caballo entre lugares y tiempos distintos a partir de aquel seis de diciembre, demuestra que no he terminado con ello, como probablemente no lo haga nunca.

Allá donde estés, María José, perdida en el crisol de laberintos que conforma la vida de cada cual en el inmenso hormiguero del que somos víctimas y culpables, espero que te vayan bien las cosas. Y que tengas un hueco ahí dentro donde guardes bien esos dos meses en los que fuimos todo lo que quisimos ser.

Hay lugares de los que nunca se vuelve.

6 comentarios:

  1. Si tronco, éso me pasa a mi cuando paso por sitios parecidos a tu piedra para mí.
    Parece qeu estoy viendo el futuro, yo más viejo, el entorno diferente, pero uno cae enseguida en que lo que está viendo es el presente, y que lo que quiere es ver el pasado.

    Y es ahí donde le embruja a uno la melancolía.

    Ahhhhh.... Es una $%&"=$ hacerse viejo. xDDD

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  2. De acuerdo totalmente en tu afirmación de que hay sitios de los que nunca se vuelve. Hay ciertas cosas que lo cambian todo.

    "La vida no se mide por las veces que respiras, sino por los momentos que te dejan sin aliento"

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  3. "La vida no se mide por las veces que respiras, sino por los momentos que te dejan sin aliento"

    No sé qué decirte. A lo largo de la vida uno mismo se va convirtiendo en muchas personas, a veces antogonistas. El concepto de medida,visto desde esa perspectiva, resulta un poco abstracto.

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  4. Y tan abstracta que, a pesar de un número finito de situaciones y momentos que se viven, hacen que tu bien o malestar cambie de una forma más cualitativa que cuantitativa. Realmente, hay cosas que te marcan y haces que no seas el mismo.

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  5. Me temo que hay una importante falta de piedras como esa en mi vida. Yo cuando miro hacia atrás sólo veo malos momentos (entre comillas). Recuerda lo de la biografía.

    Lo peor es que cuando miro hacia alante veo las cosas aun peor. Suena a tópico, pero más vale vivir el presente.

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  6. La Biografía... así es.

    En cualquier caso si revuelves bien tu memoria seguro que encuentras algo por el estilo. Cada cual tiene sus fantasmas, sus errores, sus virtudes y defectos. En mi caso, lo narrado no es más que una forma de ayudar a cicatrizar algo del pasado. Una epoca agridulce, que no terminó bien pero que en cualquier caso está ahí.

    En cuanto a la perspectiva sobre el futuro, hace tiempo que dejé de creer en finales felices y en salvación para todos. Vamos camino del desastre pase lo que pase, porque está en nuestra naturaleza, y antes o después llegará algo que nos mande al diablo. Lleva ocurriendo tres mil años, asi que no es nada nuevo. Que lo veamos o no, quién sabe. Pero saberlo, ser conscientes de que hay un final irremediable, debe ser precisamente la razón para pelear y dejarse el pellejo hasta el final, y no rendirse.

    La única salida es luchar. Como leí en alguna ocasión, ya que vamos a morir vendamos caro el pellejo: una salus victis nullam sperare salutem.

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