miércoles, 15 de junio de 2011

Arturo Pérez Reverte. El sonido de aquellas teclas.

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EL SONIDO DE AQUELLAS TECLAS

La semana pasada mencioné las viejas máquinas de escribir. Dije que conservaba dos en casa, aunque en realidad son tres. La tercera es una antigua Underwood con la que no escribí nunca, aunque se encuentra en perfecto estado; y las otras, dos recias y fieles Olivetti: la Línea 98 y la portátil Lettera 32. A éstas les tengo especial afecto por razones distintas. Con una escribí, tachando con las letras x y w y corrigiendo a mano cada folio, mis tres primeras novelas. La otra conserva su funda original, en la que hay dos viejas pegatinas: una con el nombre del diario Pueblo y otra con la frase I love Beirut, confesión pintoresca si consideramos que la pegué allí durante la batalla de los hoteles de 1976. Y esa abollada carcasa, que protegió la máquina en viajes y sobresaltos diversos, tiene en la parte interior, escrita a bolígrafo, una frase que resume los veintiún años que anduve como reportero dicharachero de Barrio Sésamo: Todos los días puede conmemorarse el aniversario de alguna barbaridad.


Acabo de enterarme de que la empresa Godrej & Boyce, de Bombay, última fabricante de máquinas de escribir, ha cerrado porque hasta los parias de la tierra teclean ya con ordenata. Lo siento por mi hermano de tinta Javier Marías, único escritor entre los que conozco que permanece fiel a su vieja Olivetti, Olympia o la que sea -no recuerdo la marca ni puedo telefonear para preguntarle por ella, porque el rey de Redonda es poco madrugador y a estas horas está frito-. El caso, como digo, es que el tañido funeral de esa campana deja a Javier en desamparo técnico ante su vicio solitario. Si antes le costaba encontrar quién reparase el viejo cacharro o conseguir recambios de cinta, a partir de ahora le resultará imposible, o casi. De manera que esta página me sirve para acompañarlo en el sentimiento.

También sirve para recordar, con un punto de melancolía, rostros y situaciones unidos al tableteo de las máquinas de escribir. Redacciones de diarios de cuando un periodista todavía se ciscaba en lo políticamente correcto, los redactores jefes no eran robots mingafrías sino interesantes cruces genéticos entre perro de presa, padre confesor, tahúr cínico y madame de burdel; y los periodistas, desde el curtido veterano al osado cachorrillo que heredaba su olfato y maneras, éramos una banda de piratas descreídos, puteros, burlangas, rápidos de ojo y de tecla: desalmados capaces de prostituir a nuestras hermanas o novias con tal de firmar en primera página, siempre a caballo entre el mundo de afuera y aquellas fascinantes redacciones llenas de humo de tabaco, con tazas de café manchando las mesas y botellas de whisky en los cajones, junto al repiqueteo constante de los télex y el tacatatatactac de docenas de dedos febriles golpeando recias máquinas de escribir; duros artefactos sonoros en los que se tecleaba con furia, pasión, rencor, ilusión, ansia de revancha, de aventura, fama, gloria o dinero, en redacciones frecuentadas por los mejores periodistas del mundo: fascinantes escuelas de oficio y de vida donde, cuando repicaba un teléfono a las dos de la madrugada, en plena timba donde algunos se jugaban la nómina cobrada esa misma tarde, cuando ya sólo se oía el tecleo de la máquina de escribir del crítico teatral -Alfredo Marquerie era el nuestro- que acababa de llegar del café Gijón tras cubrir un estreno, asomaba la cabeza por la puerta de su mampara un redactor jefe para decir: «No cojáis el teléfono, cabrones, que puede ser una noticia».

Todo acaba, o cambia. Es natural. El sonido suave y monótono de las teclas de ordenador simboliza lo que es ahora el mundo de escritores y periodistas. Más cómodo, sin duda. Escribes, corriges, imprimes. Ganas tiempo y eficacia. Pero oigan: fui furcia antes que monja, y les aseguro que ningún teclado moderno transmitirá nunca la sensación perfecta del ruido de una máquina de escribir en sintonía con tu estado de ánimo, las ideas fluyendo violentas de la cabeza a los dedos, la pasión de contar una historia, real o imaginada, en el tableteo casi musical de un artefacto que vibraba con mecánica perfecta, lo mismo en redacciones ruidosas que en solitarias habitaciones de hotel, en el resguardo de una trinchera o una casa en ruinas, bajo el neón de un techo o a la luz de una linterna. Con aquellos timbrazos del carro al acabar cada línea y el sonido de los tipos metálicos al golpear cinta y papel, formando palabras, frases, historias del mundo que en otro tiempo pateamos y conocimos, escritas en treinta líneas y sesenta y cuatro espacios el folio.



XLSemanal, 12 de Junio de 2011

http://www.icorso.com/foro/mensaje.php?a=34164&b=24&c=1




Nota al pie

Un día fueron las locomotoras de vapor, y ahora les ha tocado a las máquinas de escribir. Los tiempos cambian, las modas pasan, y la técnica hace que lo que ayer imperaba en el mercado sin nada -o nadie- que le hiciera sombra antes o después acabe siendo superado, incluso ninguneado, por un sustituto fiel y eficiente. Probablemente hace más de un siglo, cuando las máquinas de escribir comenzaron su andadura, más de uno de entre quienes ejercían el oficio de la escritura renegaban de la posibilidad de cambiar la pluma por una máquina pesada y ruidosa, mientras que otros tantos apreciaban sus virtudes y se reconvertían a su uso. Esta analogía, sin embargo, no es tan precisa como a uno pudiera gustarle ya que la escritura manual, por muchos avances que puedan surgir en el arte de la escritura, artefactos analógicos, digitales, o lo que nos quede por ver, seguirá siendo una opción tan válida como recomendable, por aquello de que es más asequible transportar un bolígrafo y un cuaderno antes que cualquier otra cosa, y que no hay limitación eléctrica o mecánica que impida ponerse a escribir en cualquier parte.

Aunque me gustan mucho, no me puedo reconocer como gran amante de las máquinas de escribir, ya que si bien tengo una Olivetti Studio 46 desde hace casi veinte años -pardiez, cómo pasa el tiempo- no la utilicé tanto como ahora, echando la vista atrás, quizá me hubiera gustado. Aquel regalo de comunión me sirvió para aprender a manejarme ante el teclado, para escribir cosas menores, o para transcribir, con las limitaciones de formato inevitables, las facturas y presupuestos que mi padre me pasaba redactadas a bolígrafo. Un día, cuando la Olivetti contaba con cuatro años, llegó a casa el ELBE 80286 junto a la impresora Epson de agujas –ambos tenían ya años de uso a cuestas—, y el tac tac se vio relegado a un rincón, bien protegida en su maletín de plástico, guardada para ser desempolvada de cuando en cuando.

No he vivido buena parte de la época y mucho menos el mundillo del que Pérez-Reverte habla en este magnífico artículo, pero ello no es motivo para no respaldar sus palabras. A pesar de ganarme la vida con ordenadores, de ser consciente de sus ventajas y de escribir mediante ellos cada uno de los textos que acaban en este blog, soy fiel creyente en la idea de que el encanto que envuelve a una máquina de escribir, su golpeteo constante y el sonido de la campanilla al final de cada línea constituyen algo que jamás ordenador alguno podrá imitar o sustituir.

Es lo que nos toca. Afortunado de aquel que aún conserva, sobre el escritorio o en el rincón más recóndito y olvidado de la casa, una hermosa y precisa máquina de escribir.





2 comentarios:

  1. Sé que con lo que te voy a decir te vas a poner a echar cuentas, y no te van a salir, y si te salen creerás que soy un ser de otro planeta. En ambos casos seguramente estés en lo cierto.

    Fue en una máquina de escribir (no me preguntes nombres ni marcas,pero aún está en mi cuarto trastero) donde yo plasmé uno de mis primeros relatos en el año 1999. No tuvo el honor de ser el primero, eso se lo reservo a unas cuartillas escritas con boli rojo en un verano, cuando mi edad aún no tenía dos cifras. Este me pilló un poco más mayor, tenía su introducción, su nudo y su desenlace, y nada más y nada menos que doce capítulos.

    Este artículo de Pérez-Reverte me ha emocionado como los demás, pero también como ninguno antes. Acabo de buscar mi relato y lo he dejado sobre la mesa. Cuando acabe de repasar mis apuntes ya sé lo que voy a leer.

    ¡Un abrazo!

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  2. En algún rincón de mi casa, tal vez de la de mi abuela, se hayan aun una olivetti (no recuerdo el modelo) y mi regalo de comunión: la que por entonces era una revolucionaria máquina de escribir electrica que, atención, borraba. Aquello era lo máximo.

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