domingo, 25 de septiembre de 2011

Solo palabras

Vivo en las palabras al igual que otros viven en el silencio. Náufrago literario que al diccionario se aferra como único salvavidas, avanzo y retrocedo páginas con la presteza y el vigor de un marino gobernando el timón de su barco en la tormenta, asustado por la debilidad -casi es tan deleble como débil- de una memoria condenada en cualquier caso al olvido, palabras desconocidas, palabras nunca usadas que perdieron por ello cualquier atisbo de significado, palabras gastadas, emborronadas por el uso hasta el punto de caer en una ambigüedad semántica imposible. Palabras manchadas de silencios, palabras que desaparecen en el mismo instante en que son pronunciadas pero cuyo efecto perdura gracias a la secuencia de reacciones químicas producidas en el cerebro de quien las escucha, existen como existe la rasgadura sobre el suelo de granito de una plaza, condenada a desaparecer por la acción de pisadas y elementos. Palabras sobreentendidas, palabras nunca pronunciadas porque nunca se creyó necesario, palabras cuya fuerza única y absoluta radica en el silencio, en el miedo imbuido por el dolor y la incertidumbre.

Palabras amotinadas que roban todo el peso de la oración, que absorben su jugo semántico pasando a convertirse en una oración en sí mismas, todo un universo tangible y abstracto limitado y definido por tres conjugaciones, por adjetivos que nombran y nombres que explican mejor que ningún adjetivo. Amar, cuatro letras que abarcan la única pureza que existió alguna vez más allá del dinero que todo lo compra, la misma que algún día tuvo el poder de mover montañas y convertir la piedra en oro y al traidor en fiel hermano. Creer, fuerza que no posee ni necesita ningún otro animal salvo el homo sapiens, que le mantiene con vida mientras considera que, aun intangible, hay algo a que aferrarse. Sentir, como percepción que separa a los seres vivos de los que no lo están, y dentro de los vivos a quienes creen en un ayer y en un mañana y en quienes carecen de la más mínima esperanza. Morir, como definición radical del único hecho condenado a ser cierto, el final de todos los finales posibles, el fin del ser y del mundo conocido por este, tomando en ello la regla de aquella doctrina filosófica que definía la realidad como lo perceptible por los sentidos, generada y existente mientras era observada, no habiendo realidad si no hay individuo que la advierta.

Palabras que hieren, que cortan como cuchillas produciendo en el alma un desgarro más profundo que si fuera practicado en la carne, o que curan, que devuelven la cordura, la sensibilidad, la razón, la vida. Palabras irreales, incomprensibles, procedentes de lenguas ignoradas, lejanas, pero aún así capaces de identificar el mundo igualmente, sonidos extraños estos que ni tan siquiera sé identificar como palabras, que producen en quien las oye pero ignora casi la misma impresión que un ruido cualquiera proveniente de la calle. Todo un universo de lenguas compuestas por filas interminables de palabras. All of the words never I said. Palabras y más palabras. Solo palabras.

¿Solo palabras?

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