viernes, 25 de febrero de 2011

2010: Balance de un año y media vida (II)

El aprendizaje inacabado e inacabable. Lecturas.

Uno de los aspectos que más valoro de vivir donde ahora vivimos es la tranquilidad, así como poder ordenar mis cosas de forma que no molesten a nadie ni que me estorben cosas de otro. Con esto y poco más se logra el entorno que siempre he buscado para poder aprovechar el poco tiempo que tengo con los libros o escribiendo cuando hay algo que decir y el ánimo necesario para escribirlo. Cuento además con algo que, según se enfoque, es una ventaja, y es que no tengo internet en casa. Con ello además del ahorro económico logro centrarme más fácilmente y evito gastar los ratos libres que me quedan en tirarme en el sofá y divagar por la red. Como contrapeso me enfrento al hecho de que cada día más las amistades -relaciones sociales no me parece la expresión adecuada- se acaban trabando y manteniendo a través de la red. Según esto tiendo irremediablemente a aislarme, pero sinceramente me importa un carajo. Me preocuparé -no sé si por mi o por los demás- el día en que no me quede nadie a quien proponerle tomar un café o unas cañas mientras intentamos arreglar el mundo, pero cara a cara. No quiero decir con esto que abomine de la red de redes; considero y valoro su potencial y las posibilidades que brinda. Se trata de que ahora mismo, por economía y por tiempo libre, lo último que necesito es tener línea en casa.

Dejando a un lado divagaciones, estos últimos meses han sido prolijos en lectura. Si pudiera mejorar algo en este sentido sería el tiempo que puedo dedicarle. Mantengo un ritmo de lectura medio de uno o dos libros al mes, según el mes y según los libros, pero a un precio bastante alto: castigando una vista ya castigada por el oficio y a deshoras en más de una ocasión. Aquellos que disponen de tiempo para leer durante horas sin interrupción alguna, sin ninguna obligación o necesidad que satisfacer, poseen una suerte de la que no siempre son conscientes -para qué mencionar a aquellos que tienen todo el tiempo del mundo y lo malogran como si fuera el caudal inagotable de una fuente-. Aunque como ya he dejado claro en alguna ocasión en este rincón de la red no soy nada ambicioso para lo que se refiere a posesiones materiales, reconozco que si algún día dispusiera de dinero en cantidad tendría a alguien a cargo de las labores domésticas y reordenaría mi ritmo de vida, dedicándome por completo a las personas que tengo alrededor y a las aficiones entre las que divido mi tiempo hoy día, empezando por la literatura, seguida de los viajes, la fotografía, el cine… y algunos más.

La lista de libros es bastante amplia, de modo que me limitaré a mencionar títulos y autores salvo alguna breve excepción, con la inevitable recomendación de su lectura hacia quien ahora mismo está leyendo estas palabras: El alquimista impaciente y la relectura de La flaqueza del bolchevique, de Lorenzo Silva. El diario de Ana Frank, publicado por el padre de esta años después de lograr verse liberado del campo de concentración de Auswitch. Carlota Fainberg, El Robinson urbano, La noche de los tiempos y el discurso de ingreso en la Real Academia de la lengua, de mi paisano el ubetense Antonio Muñoz Molina. Lo que me queda por vivir y Una palabra tuya, escritos por la esposa del anterior, Elvira Lindo. Los años del miedo y De la alpargata al seiscientos, de mi otro paisano Juan Eslava Galán. Tras la mirada, de otro ubetense, Salvador Compán. La dama de las camelias, de don Alexandre Dumas hijo, Príncipe y mendigo, de Mark Twain. Sabina, en carne viva, entrevista convertida en libro por Javier Menéndez Flores, que podría considerarse una continuación o ampliación de su Perdonen la tristeza. MAUS, de Art Spiegelman, una interesante obra que cuenta a modo de cómic -no por ello con menor seriedad, aunque siempre hay algún hueco para una sonrisa- la vida de su padre en el campo de concentración de Auswitch. Además he dedicado bastantes horas al estudio de Historia del tranvía de La loma y ferrocarriles en la provincia de Jaén. Probablemente se me escapa algún título pero la mayoría están ahí. Faltan principalmente aquellos que deberían estar, y que sin embargo a mi pesar aún no he leído. Qué pena tener una sola vida para tantos libros.


Encuentros con escritores.


Tuve ocasión de conocerles. De mantener breves palabras con ellos. De comprobar, cara a cara, que sus gestos y sus palabras y sus miradas eran como sus libros decían que eran. Por lo general se limitaron a encuentros protocolarios donde yo podía ser un simple lector más, un número, un elemento de una cola que espera su turno para ver firmado su ejemplar por aquel que lo escribió, mientras que el otro, ese alguien que al otro lado de una mesa recibía al lector, se presentaba en una ciudad en ocasiones desconocida y tras una charla recibía uno a uno a cada lector y comentaba sus impresiones y respondía a sus dudas.

El primero, allá por la primavera, fue Lorenzo Silva. En una lluviosa tarde de jueves enmarcada en la pasada Feria del Libro, tuve ocasión de presentarme con mi ejemplar de La flaqueza del bolchevique y ver cómo aquel que había escrito uno de los libros que más han marcado mi vida, tenía el detalle de dedicármelo. Además pude charlar brevemente con él sobre literatura y fotografía, quizá sus dos grandes pasiones a la par que las de este servidor sin pretender por ello establecer comparación alguna. Un poco más tarde dio una charla en la cual presentó La estrategia del agua, su último libro por entonces, enmarcado en la saga de Vila y Chamorro.

Octubre daba sus últimos coletazos cuando me encontré con la oportunidad de conocer a Elvira Lindo, quien hasta entonces se había visto rodeada en parte más por el aura dejada por la obra de su esposo, Antonio Muñoz Molina, que por lo que sabía propiamente de su trabajo. Solo tenía la vaga referencia sobre su paso como locutora de radio, y alguna otra sobre los textos de Manolito Gafotas. Aún recuerdo con qué ganas tomé de la biblioteca Una palabra tuya cuando supe que vendría un par de semanas después, con la intención de no presentarme de vacío en la charla. Lo terminé en poco más de una semana. La principal virtud de ese texto yo diría que el haber sabido mostrar la vida normal de dos personas normales, Rosario y Milagros, de forma que sirva para demostrarse a uno mismo que la vida de cualquiera tiene tanto mérito y tanto valor como la de otro. En una sociedad donde se idolatra la posesión y la imagen, donde eres lo que pareces, una historia sobre dos mujeres de barrio que conociéndose desde la escuela acaban por vueltas de la vida trabajando como barrenderas codo con codo muestra que es posible llevar a los libros la vida de cualquiera. Tal vez en el fondo todo el mundo es interesante o aburrido en función de la óptica con la cual es observada.

La charla se daría cierto jueves bastante lejano ya en el calendario y andaba a lunes cuando terminé de leer Una palabra tuya. Como disponía de tiempo me propuse tratar de conseguir Lo que me queda por vivir, y lo conseguí tras deambular por algunas librerías de Jaén. No habría leído más de tres o cuatro capítulos antes del jueves, pero al menos me sirvió para llevar una perspectiva más clara sobre lo que iba a escuchar. Creo que no merece la pena extenderme más sobre este punto ya que poco después publiqué un artículo sobre el encuentro. Al lector interesado le remito a ojearlo. Cerrando párrafo, decir que fue toda una experiencia que repetiría gustoso. Fue por cierto la misma Elvira mientras me firmaba el libro quien me puso al corriente de su próxima visita, esta vez a Úbeda, acompañada de su esposo, cita esta a la que no podía faltar.

Si salí satisfecho de la charla de Elvira Lindo, no podía imaginar cómo saldría, ocho días más tarde, de la gran sala del antiguo hospital de Santiago, en la Mágina de El jinete polaco. Aquel viernes marcó probablemente un antes y un después. El encuentro, destinado a la presentación de Lo que me queda por vivir, concentró a tal cantidad de personas que supongo podría haberse llenado una sala el doble de grande que la que nos acogió. La presentación, tras una breve introducción, se convirtió en un diálogo entre Antonio, Elvira y una personalidad del Ayuntamiento ubetense cuyo nombre no recuerdo. En poco más de hora y media desvelaron algunos de los entresijos de la obra, tras lo cual Elvira comenzó a la firmar ejemplares y acompañado por María, nos acercamos a hablar con un Muñoz Molina que parecía sentirse cómodo y tranquilo a pesar de concentrar buena parte de las atenciones. Tras unos minutos charlando con él tuvo a bien firmar uno de los libros que más aprecio de mi limitada biblioteca, un ejemplar de El jinete polaco de Seix Barral.

Qué decir de él. Me pareció exactamente lo que sus libros, a pesar de jugar quizá a partes iguales con realidad y ficción literaria, dicen que es. Supongo también que nadie pone en un texto aquello que no tiene, y como si de un alma viva se tratara un texto, hasta el más técnico, es capaz de ofrecer una imagen de aquel que lo escribe. Me pareció un caballero, me pareció un tipo culto. Me pareció el amigo que, sabiéndolo valorar como merece, a cualquiera le gustaría tener.

Nos encontrábamos cenando en Baeza casi una hora mas tarde de aquel encuentro y aún rumiaba aquellas imágenes en mi cabeza: la gran sala, la gente, el escritor, su esposa, las palabras que crucé con este y las que no dije a ella, indeciso al ver la cola de personas que aguardaban una rúbrica en su libro, a pesar de que es precisamente a ella a quien debo la ocasión que disfruté aquella noche. No fueron pocas, tanto en aquella noche como en días posteriores, las veces que he acudido a la primera página de ese libro para que sean las palabras trazadas a bolígrafo por el maestro de Mágina las que confirmen la existencia de aquella noche más allá de mi recuerdo.


Entre acordes. Conciertos clásicos y modernos.


Al poco de empezar el año y según narré en un artículo al día siguiente, un amigo y yo tuvimos la fortuna de asistir al concierto que Carlos Goñi, conocido como Revolver, ofreció en la sala Cibeles de Córdoba el 5 de febrero. Los meses pasaron, y un buen día leí acerca de la visita de Joaquín Sabina a Úbeda en julio y a Jaén en septiembre. Pocos días después cambiaba la noticia: se suspende el concierto de Jaén. Como se rumoreaba que esta sería la última gira del ubetense, y por ende la última oportunidad de verle sobre los escenarios, había que asistir a toda costa. Una vez más Alemán y yo nos presentamos en allí y tras una grata tarde conociendo la ciudad asistimos a un magnífico concierto, donde un animado Sabina deleitó al personal con canciones de Vinagre y rosas junto a otros grandes clásicos de su repertorio. A sus "cuarenta y largos" se le veía bien de salud, aunque quizá más flaco que de costumbre.

El festival de Jazz de la capital se desarrolló sin que asistiera ni una sola vez, algo que debo agradecer al calor, unido a la mudanza y otras cuestiones. Más adelante, el 23 de septiembre tuve ocasión de asistir al concierto ofrecido en la universidad por la orquesta Harmonie XXI; poco más de un mes después, el 29 de octubre, actuó en el mismo lugar la pianista cubana Martha Marchena. El siguiente, y último concierto al que hasta el momento he podido asistir se llevó a cabo también en la universidad: el Concierto de Navidad ofrecido el 21 de diciembre por el Coro Boni Pueri y la Orquesta Bohémica de Praga. Para un profano en la materia emitir algún juicio resultaría poco apropiado. Me remitiré a decir que me gustaron mucho, y que repetiría sin dudarlo si tuviera ocasión.

Por otra parte he ampliado el repertorio musical con unos cuantos autores y grupos como el magnífico Mark Knopfler y sus Dire Straits, los Beatles, Leonard Cohen, Janis Joplin, Bob Dylan, Miles Davis, Atahualpa Yupanki, The mamas and the papas, Eric Clapton. Shuarma, aventura en solitario del solista de Elefantes, o Dusminguet, grupo catalán disuelto hace pocos años. Le dí tambien un buen repaso a la discografía de Joaquín Sabina, a raíz de la lectura de En carne viva, descubriendo discos y canciones en las que antes no había reparado, como Enemigos íntimos, y Corre, dijo la tortuga. Doy la razón a quien considere imperdonable que desconociese hasta hace poco algunos de los nombres anteriores. Qué hacer, si lo vivido no ha dado para más…


Literatura y redes. El sueño de la sinrazón.


En noviembre de 2009 comenzaba el experimento: un pequeño rincón en la red que emplear al unísono como punto de intersección de opiniones y pensamientos, así como lugar de descargo de buena parte de las presiones y problemas del mundo real. Hasta la presente y después de algo más de un año de vida, este blog cuenta, incluyendo la presente, con algo más de 70 artículos y ha visto pasar por sus páginas algo más de dos millares y medio de visitas.

No tengo unas expectativas literarias determinadas a largo plazo. Tengo aquí lo que busco y necesito ahora mismo: un espacio de reflexión, de esparcimiento, de comunicación, y a la vez ofrezco la posibilidad de poner ante la mirada del espectador ideas que tal vez desconocía, puntos de vista que quizá ignoraba. De alguna forma, quiero pensar que contribuyo con un minúsculo grano de arena a erradicar de este erial el fantasma de la ignorancia. Dejando aparte lo que me aporta a nivel personal, si alguien entra, lee un artículo sobre un determinado tema y esto le alienta a enfocar la solución a un problema de forma distinta, le ofrece para una pregunta la respuesta que buscaba, le instiga a informarse más acerca de un tema determinado, los objetivos, entonces, se habrán cumplido.


(Y mañana, el final de la historia.)

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