El día ha comenzado demasiado temprano, en el margen irreal de las cinco y media de la mañana. Me impongo una prisa desmedida desde el instante en que suena la alarma, pretendiendo huir de la tentación del paso atrás. Conducir durante dos horas por carreteras sembradas de camiones, luz del alba vagamente nublado poco más allá de la capital granadina, hermosura de un amanecer casi olvidado desde el peñón que corta en dos la playa.
Vacío y serenidad. Nada conocido más allá del vago recuerdo, relojes que no existen. Por mi cerebro deambulan pensamientos al ritmo del ir y venir de las olas, sumergido en un silencio unicamente roto por el trasiego del agua, sonidos intensos, precisos. Sonidos que pueden asemejarse entre sí, pero que nunca se repiten.
Vacío y serenidad. Nada conocido más allá del vago recuerdo, relojes que no existen. Por mi cerebro deambulan pensamientos al ritmo del ir y venir de las olas, sumergido en un silencio unicamente roto por el trasiego del agua, sonidos intensos, precisos. Sonidos que pueden asemejarse entre sí, pero que nunca se repiten.
En cuatro ocasiones he recalado en esta playa, espaciadas en el tiempo a lo largo de doce años. Me agrada encontrar más o menos donde mi memoria lo situaba el bloque de apartamentos en el que estuve junto a mi familia en aquel septiembre lejano, aquel septiembre en el que vi el mar por primera vez. Sonrío evocando aquella juventud indefinible, aquella noche en la que conocí eso del botellón en la playa, la desconocida fuerza de la amistad inmediata, la brisa en la madrugada mientras dos personas sentadas sobre las rocas conversan a poca distancia y se hace el silencio.
Rondan las once de la mañana. El sol, que un rato antes me obliga a desprenderme del abrigo, desaparece entre nubes que amenazan tormenta y me veo acudiendo a la chaqueta de nuevo. La intensa luz cada vez que el sol reaparece me trastorna los ojos, desacostumbrados a ese brillo y a los horizontes tan alejados como ese donde se unen todas las gamas de azul.
Mientras un sol de otoño me alcanza a ratos a través de las cristaleras de la terraza cubierta, doy cuenta de un menú sencillo pero que disfruto como solo es posible cuando te abandonas a la impremeditación y al descanso. Sin rumbo fijo una paloma camina merodeando entre las mesas, casi desiertas.
Afuera, en la improvisada terraza sobre la arena, los asiduos a la nicotina soportan por igual un sol de justicia o una brisa fría cada vez que este se cubre. Llama mi atención la visión de un ejército de palomas a su alrededor, a la busca y captura de restos de comida.
Camino por el paseo marítimo y una figura a la orilla de una playa desierta a esa hora atrae mi atención. Sentada con los brazos sobre las rodillas, una mujer mira algún punto del horizonte. En la distancia no sé calcular su edad ni apreciar su aspecto, pero la estampa me recuerda la debilidad, mezcla de curiosidad y admiración, que siento por las mujeres intelectualmente autónomas, entregadas al reflejo de la soledad amparada en un libro o en la mera reflexión solitaria.
Más tarde, mientras deambulo por el paseo camino del coche, un caniche blanco y melenudo llevado casi arrastras de la correa por una mujer mayor me mira con gesto de amenaza y emite un gruñido desafiante. Contengo en una sonrisa lo que como respuesta iba a ser un sucedáneo de ladrido, y continúo caminando con desganada parsimonia. En la lejanía las campanas de una iglesia del pueblo acaban de dar las cuatro.
Es hora de marcharse.
A quienes supieron estar ahí. A quienes están.
A Encarni. Por su fuerza. Por su mar.
Ayy, qué bonito! Mientras paseaba por este azul tan marinero, me pareció verme allí como esa mujer de edad indefinida, o por lo menos compartía mi debilidad por esos pequeños placeres que da el mar; la arena, las olas, la brisa, el horizonte que no acaba. El mar es mi secreto, no lo guardo porque es tan amplío que se puede compartir. Igual que has compartido este trocito de color azul, lo que me permite vivir ese día de comunión con la vida que tan bien has expresado. Por un momento estaba allí, y oía la música de las olas. Ha sido un maravilloso paseo que comenzó incluso antes imagirnarlo.Creo que vendré más veces a ver esta playa que amanece.
ResponderEliminarGracias por ponerle color a este día.Y por pintarlo así, y por estar.
Un abrazo.
Sabes? Por un momento me has hecho volver a esa playa de la que un día me enamoré y no paré hasta ir para disfrutar mis primeras vacaciones. Hace de eso mas de quince años,pero sigue en mi memoria como ese primer amor que se nos mete bajo la piel y ahí se queda para toda la vida. Gracias por regalarme un instante de felicidad.
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